Durante años, el relato del vino argentino estuvo dominado por la altura y la cordillera. Hoy, una tendencia internacional pone al mar en el centro de la escena: viñedos donde la brisa atlántica, la frescura natural y el paisaje redefinen el estilo. Desde Rías Baixas hasta Marlborough, y ahora también desde la costa bonaerense, el vino empieza a escribirse con acento oceánico.
Durante décadas, el prestigio del vino estuvo asociado a una épica clara: altura, amplitud térmica, climas extremos y paisajes de montaña. Ese relato construyó grandes vinos y regiones emblemáticas, pero no fue el único camino posible. Mientras tanto, en distintos puntos del mundo, otra corriente crecía de manera sostenida y silenciosa. Hoy ya no es marginal: es una tendencia internacional.
“Los viñedos con influencia oceánica están redefiniendo el vino contemporáneo. No desde la potencia ni el impacto inmediato, sino desde el equilibrio, la frescura y la expresión del paisaje.”
El océano como regulador natural
El mar no funciona solo como marco escénico. Es un actor climático decisivo. Su cercanía aporta brisas constantes, mayor humedad ambiental, temperaturas moderadas y ciclos de maduración más largos. Esa combinación permite vinos con acidez natural, alcohol contenido y perfiles aromáticos nítidos, donde la tensión y la fluidez reemplazan a la exuberancia.
En un contexto global de calentamiento climático, estas regiones también ofrecen una respuesta concreta: vinos que se construyen desde el equilibrio del entorno, no desde la corrección en bodega.
De regiones históricas a nuevos territorios
El fenómeno atraviesa continentes y tradiciones. En Rías Baixas, el Atlántico define blancos filosos y profundamente gastronómicos; la albariño se consolidó como variedad de alta demanda y valor. En Marlborough, la influencia marítima explica la vibrancia que convirtió a sus Sauvignon Blanc en un fenómeno global. El Valle de Casablanca consolidó en Sudamérica un modelo de viticultura costera moderna, mientras que Margaret River y Walker Bay demostraron que el equilibrio puede convivir con profundidad y complejidad.
Buenos Aires y el despertar atlántico
Lejos de la cordillera y del desierto, la provincia de Buenos Aires comienza a escribir su propio capítulo dentro de esta tendencia global. No como imitación, sino como propuesta original, anclada en el Atlántico, el clima templado y la escala del paisaje pampeano.
Un caso fundacional fue Trapiche Costa y Pampa, que en 2009 se instaló desde cero en Chapadmalal, a pocos kilómetros del mar, abriendo un camino inédito para la viticultura bonaerense.
En las Sierras de los Padres, Castel de Conegliano comienza a escribir su historia con una apuesta singular: la elaboración de Prosecco en clave atlántica, reinterpretando un clásico italiano desde el paisaje bonaerense.

Y desde este verano, con viñedos plantados en 2022, Bodega Gamboa Atlántica, ubicada en General Madariaga sobre la Ruta 74 km 24, comienza a desplegar su propuesta de mar y vinos, con picnics entre viñedos, recorridos guiados y sunsets. El proyecto se desarrolla dentro de la Reserva Natural Laguna Salada Grande y Los Horcones, un área protegida que supera las 6.000 hectáreas, a menos de 30 kilómetros del mar.


Este entorno natural está conformado por lagunas, pastizales y humedales que albergan una rica biodiversidad: aves migratorias y autóctonas, mamíferos silvestres y una flora nativa que convive de manera directa con el viñedo. En este contexto, la viticultura no se impone sobre el paisaje, sino que dialoga con él, integrándose a un ecosistema vivo y dinámico.
“En el vino del siglo XXI, el entorno dejó de ser decorativo para transformarse en parte del mensaje.”
Los vientos atlánticos, la humedad ambiental, la moderación térmica y este marco natural definen un estilo de vinos frescos, tensos y de marcada identidad territorial. Vinos que no buscan competir con la altura, sino sumarse a la conversación internacional que hoy conecta a Buenos Aires con Galicia, Nueva Zelanda, Chile, Australia o el Véneto italiano.

Una señal de época
Que regiones tan distintas como Marlborough y la costa atlántica bonaerense compartan hoy un mismo eje conceptual no es casual. El vino contemporáneo se mueve hacia la precisión, la frescura y la expresión genuina del lugar.
En ese nuevo mapa, el mar dejó de ser un borde para convertirse en protagonista. Y Buenos Aires, con su propia voz y paisaje, empieza a ocupar un lugar en esa conversación global.

Por Marcelo Chocarro



