Ocho botellas de Château d’Yquem de fines del siglo XIX, escondidas bajo el piso de una capilla en un castillo de la actual República Checa para evitar que cayeran en manos de los nazis, acaban de ser rescatadas, restauradas y catadas con un resultado inesperado: una frescura que sus propios creadores califican de “impresionante”.
La historia comienza en Bečov Castle, al oeste de la República Checa, cerca de la frontera con Alemania. A fines de la Segunda Guerra Mundial, la familia aristocrática Beaufort‑Spontin, acusada luego de ser “colaboradora nazi”, ocultó bajo el piso de la capilla una serie de tesoros antes de huir a Austria: el célebre relicario de San Mauro y una colección de vinos de alta gama del siglo XIX.
Ese “cellar clandestino” saldría a la luz recién en 1985, cuando la policía checoslovaca, alertada por gestiones de un empresario estadounidense que actuaba en nombre de la familia, encontró la cámara oculta bajo el piso de la capilla. Allí descansaban 133 botellas (otras fuentes hablan de 136), en su mayoría de entre 1892 y 1899, incluyendo:
- Ocho botellas de Château d’Yquem (cosechas 1892 y 1896).
- Un Pedro Ximénez 1899.
- Un Oporto 1892.
- Botellas de cognac de finales del siglo XIX.
Durante décadas, el conjunto se mantuvo como un hallazgo casi legendario, hasta que el propio Château d’Yquem, uno de los Sauternes más icónicos del mundo, decidió involucrarse directamente en la restauración de sus vinos.

“Condiciones perfectas” bajo el piso de la capilla
Cuando el equipo de Yquem llegó a Bečov, la primera sorpresa fue el estado físico de las botellas. Según Toni El Khawand, cellar master de la bodega, los vinos habían estado guardados, sin querer, en lo más parecido a una cava ideal:
El Khawand explicó que la colección “se benefició de muy buenas condiciones de conservación en esta vieja capilla”. Señaló que el espacio era “muy húmedo y muy frío, con paredes gruesas y además subterráneo, lo que preservó la humedad y la temperatura de forma muy constante”. Es decir, “condiciones excelentes para guardar un vino”.
Entre los Yquem recuperados, las cosechas identificadas fueron 1892 y 1896. Para verificar que seguían siendo fieles al estilo de la casa, el equipo realizó una cata mínima:
“Probamos una cantidad muy pequeña para asegurarnos de que, aromáticamente, en el equilibrio en boca y en la percepción general, el vino correspondiera a un Château d’Yquem de esa edad”, detalló El Khawand.
Solo después de esa comprobación técnica, el château se lanzó a una tarea tan delicada como infrecuente: recorchar y encapsular botellas con más de 130 años de edad, procurando preservar al máximo su integridad histórica. El proceso fue tan exigente que solo cinco botellas originales de Yquem sobrevivieron completas tras la intervención.
Una dulzura que protege: frescura “impresionante” en copa
Más allá del rescate físico, la gran incógnita era qué quedaba en el interior de esas botellas. La respuesta sorprendió incluso a los expertos de Sauternes.
Según El Khawand, el vino se salvó en buena medida gracias a su alto contenido de azúcar, propio de un Yquem de fines del siglo XIX. Esa concentración, sumada a las condiciones de guarda, permitió mantener una vitalidad inesperada:
“El vino nos impresionó por su frescura en boca”, relató. “Es muy, muy fresco, con una frescura casi ácida”.
Para un blanco dulce de más de un siglo, la descripción es casi milagrosa: lejos de un vino oxidado, pesado o completamente agotado, los Yquem de Bečov muestran todavía tensión y acidez, algo clave para sostener el equilibrio entre la botritis noble, el azúcar y la evolución en botella.
En términos enológicos, el caso refuerza dos ideas conocidas pero pocas veces documentadas con tanta contundencia:
- La capacidad de longevidad extrema de ciertos vinos dulces naturales, cuando su acidez y concentración son muy altas.
- La importancia de la cadena de frío y humedad constante como seguro de vida para los grandes vinos de guarda.
Una “cápsula del tiempo” y la idea de memoria líquida
Si el hallazgo es extraordinario desde lo técnico, su dimensión simbólica no se queda atrás.
El Khawand describió la experiencia de abrir esas botellas como “mágica” y recurrió a una metáfora potente:
“Lo que hacemos cuando lo abrimos es desvelar una cápsula del tiempo. Sacamos un corcho que selló el líquido del entorno y, de algún modo, del paso del tiempo”, dijo a la agencia AFP.
Y llevó el concepto un paso más allá:
“Es una memoria, en última instancia —una memoria líquida, sin duda—, pero es la memoria de todos los que vinieron antes que nosotros, del trabajo que se hizo”.
Por ahora, las autoridades checas y Château d’Yquem coinciden en que no habrá subastas: el plan es exhibir la colección completa en el propio castillo de Bečov, como parte de un relato que mezcla historia del vino, Segunda Guerra, expropiaciones del período comunista y, ahora, restauración patrimonial. La estimación del Instituto Nacional de Patrimonio checo ronda los U$S 5 millones si alguna vez se rematara el conjunto, pero El Khawand evita ponerle precio: insiste en que el valor es, sobre todo, “moral e histórico”.



