En un paisaje alejado de las regiones vitivinícolas tradicionales, Clara Rubio lleva adelante un viñedo de una hectárea donde el clima, las heladas y el manejo del agua marcan el ritmo de cada temporada. El proyecto combina producción orgánica, adaptación al entorno y una búsqueda constante de equilibrio con la naturaleza.
Producir vino en la cordillera neuquina requiere mucho más que encontrar un suelo adecuado y elegir las variedades correctas. En esta zona, las temperaturas bajas, las heladas tardías y las particularidades del terreno obligan a trabajar con atención durante buena parte del año. Allí, sobre la ruta provincial 49, entre San Martín de los Andes y Junín de los Andes, funciona Chimehuin Wines, un emprendimiento vitivinícola que encontró en las condiciones del lugar tanto sus principales dificultades como su identidad.

Al frente de la gestión del viñedo está Clara Rubio, ingeniera agrónoma nacida en San Isidro, provincia de Buenos Aires. Su llegada a la región estuvo vinculada con un deseo personal: desarrollar su profesión en un entorno rural y construir una vida familiar lejos de los grandes centros urbanos. “Nunca me imaginé tan lejos de Buenos Aires”, reconoce.
Con el tiempo, ese proyecto de vida tomó forma en un establecimiento rodeado por el paisaje patagónico, a unos dos kilómetros del río Chimehuín. Allí, entre las ondulaciones del terreno y los cambios de luz propios de la montaña, las vides crecen bajo condiciones que exigen conocer cada parcela y anticiparse a los cambios del tiempo.
Un viñedo que aprendió a adaptarse
La historia de Chimehuin Wines comenzó en 2004, con una iniciativa que llegó a proyectar una superficie de diez hectáreas. En 2010, las tierras fueron adquiridas por James Patrick Kelley, ciudadano estadounidense, y dos años más tarde Clara asumió la administración del emprendimiento.

Los primeros años estuvieron marcados por la experimentación. Con el acompañamiento del INTA, se evaluaron alrededor de once variedades para identificar cuáles podían desarrollarse en ese ambiente. La experiencia permitió comprobar que no todas respondían de la misma manera a las condiciones climáticas de la zona.
“Se necesitan ciclo corto y madurez temprana”, explica Clara. La elección de las cepas es determinante en un lugar donde el frío puede limitar el desarrollo de las plantas y reducir el tiempo disponible para que las uvas alcancen su madurez.
De aquellos ensayos permanecieron Chardonnay, Sauvignon Blanc, Pinot Noir, Merlot y Malbec. El Riesling, que también había sido parte de las pruebas iniciales, finalmente se descartó. La selección fue el resultado de años de observación y ajustes, más que de una decisión basada únicamente en las características conocidas de cada variedad.
Actualmente, el viñedo ocupa una hectárea y produce alrededor de 5.000 kilos de uva por año, con los que se elaboran aproximadamente 2.500 litros de vino. Se trata de una escala pequeña, pero que permite dimensionar el trabajo necesario para sostener una producción en un territorio con exigencias particulares.
La amenaza de las heladas, una preocupación constante
En Chimehuin Wines, la actividad comienza en octubre, cuando las plantas empiezan a brotar, y se extiende hasta abril. Durante esos meses, el seguimiento del clima se vuelve parte esencial de la rutina.

Las heladas representan uno de los mayores riesgos para el viñedo. Incluso cuando las plantas ya están en actividad, un descenso brusco de la temperatura puede comprometer los brotes y afectar el desarrollo de la cosecha.
“De octubre a abril estamos de guardia por si cae helada”, cuenta Clara. Esa vigilancia implica seguir los pronósticos y estar preparados para intervenir cuando las condiciones lo requieren.
Una de las herramientas utilizadas para enfrentar el frío es el riego por aspersión. Cuando existe riesgo de helada, el agua se distribuye sobre las plantas y, al congelarse, libera calor. Este proceso puede ayudar a mantener los tejidos vegetales cerca de los cero grados mientras continúa la formación de hielo, siempre que el sistema se aplique correctamente y se mantenga durante el tiempo necesario.

A las dificultades climáticas se sumaron durante años otras cuestiones vinculadas con la infraestructura. El establecimiento dependía de vertientes para obtener agua y de un grupo electrógeno para disponer de electricidad. En 2023 se realizó una perforación que permitió acceder al agua de pozo, una mejora importante para organizar el riego y analizar las posibilidades de desarrollo de las parcelas.
El cuidado del entorno también forma parte de la filosofía productiva. El viñedo cuenta con certificación orgánica y busca reducir al mínimo el impacto de una actividad agrícola introducida en el ecosistema local. “Desde la estancia entendemos que es un cultivo introducido, por eso tratamos que el impacto en el medio ambiente sea el menor posible”, señala la ingeniera.

Dos vinos con identidad patagónica
La vendimia se realiza de forma manual y se concentra en una sola jornada. Una vez cosechada, la uva se traslada a Fernández Oro, en Río Negro, donde el enólogo Marcelo Miras está a cargo de la elaboración.

Actualmente, la propuesta de Chimehuin Wines incluye dos etiquetas. Una es un blend tinto de reserva elaborado con Pinot Noir, Merlot y Malbec. La otra es un vino blanco que combina Chardonnay y Sauvignon Blanc en proporciones iguales, una incorporación más reciente que, según Clara, viene teniendo una buena respuesta.
Aunque el proyecto comenzó hace más de veinte años, su desarrollo comercial se consolidó en una etapa posterior, a medida que la producción permitió disponer de mayor volumen para la venta. Los vinos se comercializan mediante pedidos y en algunas vinotecas de Neuquén, especialmente en San Martín de los Andes y Junín de los Andes. También se pueden consultar a través del perfil de Instagram de Chimehuin Wines.

El establecimiento no funciona como un espacio turístico abierto de manera permanente, ya que se trata de una propiedad privada. Sin embargo, es posible coordinar visitas previamente para conocer el lugar y su propuesta.
Crecer sin perder de vista el entorno
El futuro del emprendimiento depende de varios factores. La respuesta de las variedades, la disponibilidad de agua, las condiciones meteorológicas y la posibilidad de contar con mano de obra son algunas de las cuestiones que determinan el ritmo de crecimiento.

Por eso, los próximos pasos están orientados a consolidar las cepas que mejor se adaptaron, profundizar el conocimiento de las parcelas y ajustar las prácticas de manejo a las características del terreno. No se trata simplemente de ampliar la superficie cultivada, sino de encontrar una manera sostenible de producir en un ambiente que impone sus propios límites.
Clara conoce esas dificultades, pero también confía en el trabajo cotidiano y en la posibilidad de seguir aprendiendo de cada temporada. “Tenemos muchas condiciones adversas, pero yo creo que la disciplina y estar encima pueden hacer que esto funcione”, afirma.

En Chimehuin Wines, cada vendimia es el resultado de meses de atención, decisiones y trabajo. En una región donde el clima puede modificar los planes de un momento a otro, la continuidad del proyecto se construye a partir de la observación y la capacidad de adaptación. Una forma de hacer vino que encuentra su identidad no solo en las uvas, sino también en el territorio que les permite crecer.
Por el equipo de Saber Salir

