Cada 13 de agosto se celebra el Día Internacional del Prosecco, una fecha que homenajea a uno de los espumantes más populares del planeta. Nacido en el nordeste de Italia y convertido en un verdadero fenómeno global, su historia también encontró un capítulo inesperado en la provincia de Buenos Aires, donde Castel Conegliano fue pionera en plantar Glera y elaborar una versión argentina inspirada en el célebre vino italiano.
Esta semana las copas se llenaron de burbujas para celebrar el Día Internacional del Prosecco, que cada 13 de agosto rinde homenaje a uno de los grandes emblemas de la vitivinicultura italiana y a un vino que en las últimas décadas pasó de ser una especialidad regional a convertirse en un fenómeno mundial.
Fresco, frutado, ligero y asociado naturalmente al aperitivo y a los momentos de celebración, el Prosecco se elabora principalmente a partir de Glera, una variedad profundamente ligada a las regiones del Véneto y Friuli-Venecia Julia, en el nordeste de Italia.
Su historia, sin embargo, se remonta muchos siglos atrás.
De los romanos a las burbujas modernas
Los antecedentes históricos de la vitivinicultura de la región llegan hasta la época romana. Plinio el Viejo mencionaba en su Historia Natural al Pucino, un vino producido frente al Adriático, cerca de las fuentes del río Timavo, en el territorio de la actual provincia de Trieste. Con el tiempo, aquella tradición vitícola quedó vinculada también a Prosecco, una pequeña localidad cercana a Trieste que terminaría dando nombre al vino.

¿Tomaban Prosecco los romanos? No como lo conocemos actualmente, claro. Las burbujas modernas llegarían muchos siglos después. Pero la relación entre la vid y ese rincón del nordeste italiano tiene raíces muy antiguas.
Durante mucho tiempo, además, Prosecco fue tanto el nombre del vino como el de la uva utilizada para elaborarlo. Eso cambió definitivamente en 2009, cuando Italia reorganizó su sistema de denominaciones: se constituyó la DOC Prosecco y se consolidaron las DOCG Conegliano Valdobbiadene-Prosecco y Asolo-Prosecco. La variedad pasó a identificarse oficialmente como Glera, mientras que el nombre Prosecco quedó protegido como denominación geográfica.
El secreto de su frescura
Una de las claves del estilo del Prosecco está en su método de elaboración.
A diferencia del Champagne y de otros espumantes elaborados mediante una segunda fermentación dentro de la botella, el Prosecco moderno se identifica principalmente con el método Martinotti-Charmat, en el que la segunda fermentación se realiza en grandes tanques cerrados de acero inoxidable.

La técnica comenzó a desarrollarse a fines del siglo XIX y permitió conservar especialmente bien el carácter fresco, floral y frutado de la Glera, además de facilitar una producción a mayor escala.
El resultado es ese estilo que terminó conquistando al consumidor internacional: burbujas vivaces, frescura, fruta y una personalidad generalmente menos estructurada que la de otros grandes espumantes.
Y los números muestran la dimensión que alcanzó el fenómeno. Durante 2025 se embotellaron 667 millones de botellas de Prosecco DOC, un 1,1% más que el año anterior. Estados Unidos continúa siendo su principal mercado de exportación, seguido por Reino Unido, mientras Francia y Alemania se mantienen entre sus destinos europeos más importantes.
De Conegliano a la costa bonaerense
A miles de kilómetros del Véneto, la historia del Prosecco encontró una curiosa conexión argentina.
A unos 40 kilómetros de Mar del Plata, entre las sierras del sudeste bonaerense y la influencia del océano Atlántico, Castel Conegliano desarrolló un proyecto vitivinícola inspirado precisamente en la tradición italiana.

La bodega nació a partir de las raíces de las familias Chies y DeGiusti, cuyos antepasados emigraron desde la zona de Conegliano, en el Véneto, hacia la Argentina. Décadas después, sus descendientes decidieron recuperar parte de aquella historia familiar a través del vino.
En 2019 plantaron Glera, junto con otras variedades italianas poco habituales en nuestro país, como Moscato Giallo y Pinot Nero. Las plantas fueron importadas de viveros del Véneto y encontraron un escenario singular en el clima oceánico bonaerense, caracterizado por una maduración lenta y una marcada acidez natural.
La primera vendimia llegó en 2021 y poco después nació Prima Prova, su primera elaboración de Glera. En 2022 la bodega presentó comercialmente aquel espumante, convirtiéndose en uno de los proyectos pioneros —y el primero que la propia bodega identifica como un Prosecco de suelo argentino— en trabajar esta variedad con una inspiración explícita en la tradición de Conegliano.

Un Prosecco argentino que no se llama Prosecco
Hay, sin embargo, una distinción importante.
Como Prosecco es actualmente una denominación de origen protegida, un espumante elaborado en la Argentina no puede comercializarse internacionalmente bajo ese nombre. Por eso Castel Conegliano define actualmente su vino como un espumante 100% Glera inspirado en el Prosecco italiano.
La conexión está tanto en la variedad como en la técnica: su Glera se elabora mediante método Charmat Lungo, con seis meses de contacto con las lías, buscando conservar la fruta, la frescura y la expresión aromática que caracterizan a esta cepa.
Pero también hay una diferencia fundamental: el paisaje.
La Glera que durante siglos estuvo ligada a las colinas del nordeste italiano encontró en Buenos Aires un escenario completamente diferente, marcado por la cercanía del Atlántico, las sierras y un clima oceánico que aporta una identidad propia a los vinos.
Así, aquella uva que viajó desde Italia junto con una historia familiar terminó echando raíces en un lugar inesperado.
Y quizá allí esté una de las mejores razones para brindar en el Día del Prosecco: detrás de una de las burbujas más famosas del mundo hay una historia que comenzó hace siglos en Italia y que hoy también se escribe, con identidad propia, en suelo bonaerense.
Por el equipo de Saber Salir

