Durante años, el vino argentino construyó su prestigio internacional sobre tres grandes pilares: el Malbec, la altura de los Andes y un clima privilegiado, con abundante sol y escasas lluvias. Son atributos reales que explican buena parte de la revolución vitivinícola del país. Sin embargo, mientras el mundo comienza a poner el foco en otro patrimonio de enorme valor, Argentina podría encontrarse frente a una de las mayores oportunidades de posicionamiento de las próximas décadas: sus viñedos centenarios.
La tendencia acaba de dar un paso decisivo a nivel internacional. El Old Vine Registry (OVR), la base de datos global dedicada a registrar los viñedos antiguos del mundo, anunció el lanzamiento de un sello oficial que, desde octubre de 2026, permitirá certificar y distinguir los vinos elaborados con viñas registradas de más de 35 años. El objetivo es claro: identificar, valorizar y proteger un patrimonio que durante décadas pasó desapercibido y que hoy es considerado una de las mayores expresiones de autenticidad del vino mundial.
No se trata únicamente de una cuestión de edad.
El registro, que en apenas tres años pasó de contabilizar unos 2.000 viñedos a más de 10.500 distribuidos en 42 países, busca preservar un patrimonio genético, histórico y cultural único, además de ofrecer al consumidor una certificación confiable sobre el origen de esos vinos.
Y es precisamente allí donde Argentina tiene mucho para contar.
Mientras regiones históricas como Burdeos, Borgoña, Rioja o Barossa Valley llevan años construyendo el prestigio de sus viñas viejas, Argentina conserva cientos de hectáreas plantadas hace más de un siglo que recién ahora comienzan a ser valoradas como uno de los grandes activos de su vitivinicultura.
Uno de los casos más extraordinarios se encuentra en los Valles Calchaquíes. En Colomé sobreviven las vides de Santa Jacoba, plantadas hacia mediados del siglo XIX y consideradas entre las más antiguas que continúan en producción en el país. Son plantas que comenzaron a crecer cuando Argentina todavía estaba organizándose como Nación y mucho antes de que el Malbec alcanzara reconocimiento internacional.
Pero el patrimonio no termina allí.
Mendoza concentra una enorme cantidad de viñedos históricos. En Luján de Cuyo, Maipú y el Este provincial aún sobreviven parcelas plantadas entre 1900 y 1930 con Malbec, Bonarda, Semillón, Criolla, Cabernet Sauvignon y otras variedades que fueron preservadas durante generaciones y que hoy abastecen algunos de los vinos más prestigiosos del país.

Fincas como Adalgisa (1916), De Ángeles (1924), Achával Ferrer (1910), Mendel(1928), El Esteco (1942) y numerosos viñedos familiares forman parte de un patrimonio que pocas regiones del Nuevo Mundo pueden exhibir.
La Patagonia también aporta su historia. En Río Negro continúan produciendo antiguos viñedos de Malbec plantados en 1932, demostrando que las viñas viejas forman parte de la identidad vitivinícola de distintas regiones argentinas.
Paradójicamente, Argentina también comienza a destacarse en la preservación de ese patrimonio. Una de las mayores contribuciones recientes al Old Vine Registry fue realizada por la ingeniera agrónoma argentina Silvina Van Houten, especialista en diversidad genética del Malbec, quien incorporó 710 viñedos al registro mundial, convirtiéndose en la principal colaboradora del año y poniendo en evidencia la enorme riqueza vitícola que conserva el país.

¿Por qué el mundo volvió a mirar estas plantas?
Porque producen menos, pero muchas veces ofrecen uvas de enorme concentración, equilibrio y complejidad. Sus raíces profundas les permiten adaptarse mejor al cambio climático y expresar con mayor fidelidad la identidad del suelo. Pero, sobre todo, porque representan un archivo vivo de la historia de la viticultura.
Cada una de esas plantas sobrevivió a guerras mundiales, crisis económicas, cambios tecnológicos y transformaciones del consumo. Conservan material genético anterior a muchas selecciones modernas y constituyen un patrimonio irrepetible.
Durante décadas muchas fueron arrancadas para plantar viñedos más productivos. Hoy sucede exactamente lo contrario. Los grandes elaboradores del mundo buscan aquello que alguna vez parecía viejo: autenticidad, identidad y origen.
No es casual que este movimiento haya adquirido semejante impulso. Desde hace más de dos décadas, la crítica británica y Master of Wine Jancis Robinson viene defendiendo el valor de las viñas viejas como uno de los grandes patrimonios de la viticultura mundial. En sus libros, artículos y conferencias ha insistido en que estas plantas constituyen un legado genético, agrícola y cultural irrepetible, capaz de ofrecer vinos con una personalidad única y de preservar una historia que no puede volver a escribirse una vez que un viñedo es arrancado. Su influencia, junto con la de numerosos productores e investigadores, contribuyó a que el concepto de Old Vinesdejara de ser un detalle técnico para convertirse en un verdadero sello de prestigio en los principales mercados del vino.
El nuevo sello internacional puede acelerar aún más ese proceso. En un mercado donde los consumidores quieren conocer la historia detrás de cada botella, certificar el origen de las viñas aporta transparencia, prestigio y valor agregado.
Pero también plantea un desafío para Argentina.
Así como el país supo convertir al Malbec en una marca reconocida en todo el mundo, quizás haya llegado el momento de construir una identidad propia alrededor de sus viñas viejas. Desarrollar una certificación nacional, alineada con los estándares internacionales, permitiría identificar, proteger y comunicar este patrimonio único, otorgando mayor valor a los productores que durante generaciones conservaron estos viñedos y ofreciendo al consumidor una garantía clara sobre su origen.
Quizás haya llegado el momento de que Argentina amplíe el relato con el que se presenta al mundo.
Además del Malbec, la altura y ese clima seco cargado de sol que hizo famoso al vino argentino, el país también posee uno de los patrimonios de viñas viejas más importantes del hemisferio sur. Un tesoro que durante mucho tiempo permaneció casi en silencio y que hoy, cuando el mundo empieza a reconocer oficialmente el valor de estas plantas, puede transformarse en una de las mayores ventajas competitivas del vino argentino.
Porque esas viñas no solo producen grandes vinos.
Conservan la memoria de la vitivinicultura argentina. Y en una industria donde la autenticidad, el origen y la historia valen cada vez más, protegerlas, registrarlas y comunicarlas puede convertirse en una de las decisiones estratégicas más importantes de las próximas décadas. El Malbec seguirá siendo la gran bandera del vino argentino, pero las viñas viejas tienen todo para convertirse en uno de sus relatos más potentes. Un patrimonio que merece ser preservado, certificado y proyectado al mundo con una identidad propia.
Por Marcelo Chocarro

