El vino no entra por la técnica ni por lo sensorial: entra por la emoción. Recuerdo que éramos chicos y nos pintaban la soda con vino.
Se puede saber mucho de variedades, terroirs o vinificaciones, pero el vínculo real con el vino nace de la memoria.
Somos, probablemente, la última generación —los mayores de 50— que compartió con sus padres el vino cotidiano. El vino con soda en la mesa familiar. Ese gesto simple que no necesitaba explicación ni ceremonia. No ocurría lo mismo con el café —reservado a los adultos— ni con el té, que nunca formó parte de una tradición arraigada. El whisky pertenecía a otro territorio: el del padre solo, en el sillón, con un cigarro, al final del día.
Pero el vino era otra cosa. Era convivencia.
Todos los mayores de 50 años vimos a nuestros padres consumir vino habitualmente en la mesa. No era un lujo ni un ritual: era parte de la comida. No eran tiempos de gaseosas —apenas aparecían en los cumpleaños—. Se tomaba agua, soda, o soda apenas teñida con un chorrito de vino, más símbolo que bebida. Ese gesto quedó grabado en la memoria colectiva. Qué increíble cuando nuestro padre nos ponía un poco de vino en el vaso: uno se sentía grande.
Luego nuestra generación, impulsada por nuevas tendencias, se sofisticó. Aparecieron los varietales, los blends, las catas, las copas adecuadas y un consumo más ocasional y social: cenas, reuniones con amigos, fines de semana. El vino dejó de ser cotidiano para volverse elección.
Y nuestros hijos —hoy de 20 a 35 años— crecieron en otro mundo. Consumen menos vino, no necesariamente por rechazo, sino porque no forma parte de su memoria afectiva. No vivieron una infancia con una botella abierta todos los días sobre la mesa. No compartieron almuerzos familiares durante la semana: doble escolaridad, actividades, agendas fragmentadas. La vida cotidiana cambió.
Por eso muchos se inclinan hacia otros productos —cervezas artesanales, bebidas listas para tomar, vinos naturales o biodinámicos— que dialogan mejor con su sensibilidad y con su época. Se sofistican con los nuevos tiempos, como nos ocurrió a nosotros en los años noventa.
Y, sin embargo, en lo personal y entre quienes compartimos esa generación, seguimos tomando vino —tal vez más que antes— porque ahora hay más tiempo, o porque aprendimos a hacérnoslo. Y pocas cosas resultan tan valiosas como compartir un vino.
El vino, en definitiva, no compite solo en sabor ni en precio. Compite en memoria. Y cuando la memoria se debilita, el vínculo cultural también.
Por Marcelo Chocarro



