Hay personas que recorren el mundo entero para finalmente descubrir que aquello que buscaban estaba mucho más cerca de lo que imaginaban. Algo de eso ocurre con Gonzalo Villasol. Nacido y criado en General Madariaga, entre el campo y el mar, vivió en Europa, viajó por más de 50 países, trabajó en gastronomía, estudió aviación, se convirtió en instructor de kitesurf y construyó una vida marcada por la libertad y el movimiento. Pero hoy encuentra algo especial en volver a su lugar de origen y ver cómo ese mismo paisaje empieza a transformarse.
Y en esa transformación aparece Bodega Gamboa Costa Atlántica.

“Gamboa huele a Madariaga”, podría decirse. A campo húmedo. A viento del Atlántico. A asados largos entre amigos. A encuentros después de un día de mar. A vino compartido. Pero también huele a algo nuevo: a una idea pionera.

Porque lo que está ocurriendo en Madariaga no es solamente la aparición de un viñedo. Es el nacimiento de una nueva identidad para la zona. Un proyecto que mezcla vino, naturaleza, comunidad y estilo de vida en un territorio históricamente ligado al campo y al mar.


“Después de vivir afuera, uno aprende a comparar y a valorar ciertas cosas”, cuenta Gonzalo. Y quizás por eso lo que más lo sedujo de Mi Finca Gamboa no fue únicamente el vino, sino todo lo que sucede alrededor: las experiencias, los encuentros, la posibilidad de compartir algo auténtico con otras personas.

En su historia aparecen muchos elementos que parecen distintos, pero que en realidad dialogan entre sí: el campo, el vuelo, el viento, el mar, el kite. Todos tienen algo en común: la libertad. Gonzalo habla del cielo de Madariaga como quien habla de un paisaje todavía secreto. Desde arriba —dice— se ven los colores, los matices y la inmensidad de una región que está empezando a mostrarse desde otro lugar.

Y en medio de ese entorno, hoy también hay vides.
La idea de producir vino con influencia oceánica en General Madariaga parecía improbable hace algunos años. Sin embargo, el proyecto de Bodega Gamboa, Costa Atlántica abrió una puerta distinta para la región: una vitivinicultura ligada al océano, al viento y a un estilo de vida relajado, sofisticado y profundamente conectado con la naturaleza.
Para Gonzalo, formar parte de esa experiencia tiene algo emocional. “Salís de tu casa y estás entre las vides”, resume. Y en esa frase aparece quizás la verdadera esencia del proyecto: no se trata solamente de hacer vino, sino de generar pertenencia.

Porque para muchos socios, Mi Finca Gamboa significa mucho más que tener una parcela. Significa construir recuerdos, hacer nuevos amigos, vivir experiencias distintas y encontrar momentos de disfrute en un entorno natural único.
Madariaga, mientras tanto, empieza lentamente a ocupar un nuevo lugar en el mapa. Ya no solamente como tierra de campo o puerta de entrada a la costa, sino también como escenario de una revolución silenciosa donde el vino, la gastronomía y el encuentro empiezan a redefinir la identidad del lugar.

Y tal vez Gonzalo lo resume mejor que nadie cuando imagina su estilo de vida dentro de una copa de vino: “De raíz de campo y espíritu de viento, agua y fuego compartido. Un vino para vivir y brindar con amigos”
Por Marcelo Chocarro



