Mucho se habla de la crisis del vino. Foros, paneles, diagnósticos. Pero el problema no es la falta de palabras, sino la falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Si queremos ser honestos, la crisis empieza desde abajo hacia arriba.
Durante años, muchos bodegueros se llenaron la boca hablando de trabajo en cadena, de acompañar al productor, de construir juntos. Pero cuando llega el momento clave —el de la uva— esa cadena se corta.
El viñatero entrega su materia prima sin saber el precio. Cobra cuatro, ocho, doce meses después. A veces cuando ya empezó otra cosecha y todavía no terminó de cobrar la anterior. En los hechos, el productor trabaja para la bodega, financiándola sin crédito, sin tasa, sin garantías.
A esto se suma otro daño silencioso pero profundo: el desprestigio deliberado de zonas productivas en favor de otras. Durante años se construyó un relato donde solo ciertos territorios “valen”. El resultado hoy es un consumidor condicionado: si el vino no es de tal zona, no lo toma.
Lo peor es que muchos ni siquiera se animan a decir en la etiqueta de dónde viene realmente el vino. Así se destruye algo más que un mercado: se destruye la autoestima productiva de regiones enteras, y con ella, la posibilidad de mover ese negocio.
También se habló mucho de “reconversión”. Se les dijo a los productores que debían reconvertirse o desaparecer. ¿Pero con qué herramientas?
¿Con qué créditos, con qué planificación, con qué análisis real?
¿Reconversión hacia dónde, cómo, para quién?
La respuesta fue el vacío. Los pocos créditos que aparecieron todos sabemos en manos de quiénes quedaron. Y hoy el paisaje es elocuente: viñedos abandonados, fincas que apenas pudieron regarse, uva que va a quedar en la planta, tierras productivas convertidas en barrios cerrados.
Todo esto tiene un nombre: hipocresía.
El trabajo del que tanto se habla no se hace declamando. Se hace en conjunto.
Al viñatero hay que acompañarlo, formarlo, guiarlo. No enterrarlo.
Y al bodeguero también hay que decirle algo incómodo: su responsabilidad no termina cuando el vino sale de la bodega.
Muchos creen que su gestión acaba cuando “colocan” el producto y que, a partir de ahí, el problema es del otro. No.
El vino sigue siendo del bodeguero hasta que el consumidor lo toma. El distribuidor y el comercial son medios, no el destino final de la responsabilidad.
Es muy lindo sentarse a discutir el plano productivo.
Pero nadie pone el plan comercial sobre la mesa al mismo tiempo.
Y sin ese plan, todo lo demás es relato.
La crisis del vino no se resuelve con más glamour, ni con discursos sofisticados. Se resuelve con responsabilidad compartida, precios claros, pagos justos, planificación integral y respeto por toda la cadena.
Menos hablar. Más hacer. Pero hacerlo de verdad.
Por Marcelo Chocarro



