Durante décadas, el Champagne fue el gran símbolo de celebración, prestigio y sofisticación. Pero el mapa global de los espumosos está cambiando. Y el protagonista de esa transformación no viene de Francia, sino de Italia.
El Prosecco se convirtió en el mayor fenómeno comercial del vino de los últimos años. En poco más de una década, pasó de ser un espumoso fresco y simple del noreste italiano a transformarse en una categoría global, capaz de vender más del doble que el Champagne.
El crecimiento no fue casual. La revolución empezó en casa, cuando Italia tomó una decisión estratégica: el Prosecco dejó de ser el nombre de una uva para convertirse en una denominación de origen protegida. Desde entonces, la variedad pasó a llamarse Glera y la producción quedó asociada a un territorio específico. Esa jugada permitió proteger el nombre, ordenar el mercado y, sobre todo, escalar como ningún otro espumoso en el mundo.

El punto de inflexión llegó en 2009. A partir de entonces, el Prosecco comenzó una expansión acelerada: de 120 millones de botellas pasó a 667 millones en 2025. En el mismo período, el Champagne se mantuvo relativamente estable, en torno a los 260 millones. La diferencia ya no es menor: hoy el espumoso italiano vende más del doble.
Parte de su éxito está en el método. A diferencia del Champagne, el Cava o el Crémant, el Prosecco se elabora mayoritariamente mediante el método Charmat, donde la segunda fermentación ocurre en grandes tanques y no en botella. Esto simplifica el proceso, reduce costos y permite producir grandes volúmenes sin perder frescura.
El resultado es un vino más directo, frutado, liviano y fácil de tomar. Menos solemne. Más cotidiano. Y el consumidor global respondió sin dudar.
Mientras tanto, el universo del Champagne atraviesa otro momento. Según datos del Comité Champagne, en 2025 se comercializaron 266 millones de botellas, un 2% menos que el año anterior. Estados Unidos continúa como su principal mercado, seguido por Reino Unido, Japón, Alemania y Bélgica. El Brut sigue liderando con claridad, con el 77% del total.
El contraste es evidente: mientras el Champagne conserva su aura de lujo, el Prosecco conquistó el deseo de una nueva generación de consumidores que busca frescura, precio, accesibilidad y disfrute inmediato.
Y ese fenómeno también empieza a sentirse en la Argentina.

Durante años, el Prosecco estuvo presente en las góndolas locales, pero casi siempre asociado a etiquetas más premium, como las icónicas botellas doradas de Bottega. Era un producto aspiracional, de consumo ocasional, más cerca del lujo que de la mesa cotidiana.
Hoy el escenario empieza a cambiar. Cada vez más importadores y distribuidores apuestan por traer versiones más accesibles, ampliando la oferta y acercando el Prosecco a un público mucho más amplio. Ya no aparece solo como una rareza importada o una botella de ocasión: empieza a competir directamente, por precio y estilo, con los espumosos locales.
En paralelo, el Cava español atraviesa un momento más incómodo. Históricamente posicionado como una alternativa de buena relación precio-calidad, hoy enfrenta subas de costos, cambios en el consumo y una búsqueda de mayor prestigio que lo deja en una zona difícil: ya no es necesariamente el más barato, pero tampoco logra disputar el lugar simbólico del Champagne ni el dinamismo comercial del Prosecco.

Detrás de estos movimientos hay algo más profundo que una simple preferencia por un espumoso u otro. El éxito del Prosecco revela una transformación en los hábitos de consumo: menos solemnidad, más frescura; menos ritual, más ocasión; menos peso de la tradición y más facilidad para beber.
El Prosecco no solo creció. Cambió las reglas del juego.
Por Marcelo Chocarro



