Cuando hablamos del queso, de manera instintiva, a muchos nos vienen a la cabeza «maridajes» legendarios que hemos podido disfrutar con el vino. A todos nos gustaría haber sido los primeros en gritar ¡eureka!, pero esta relación vino-queso está ya consolidada desde siglos atrás.

La que probablemente sea una de las armonías con vino más repetidas a nivel mundial tiene parte de su origen en la época medieval y de nuevo con Carlomagno como protagonista -este emperador no se perdía una-.
En la época de su reinado, los monjes tenían la responsabilidad de cuadrar las cuentas económicas de sus monasterios, una tarea compleja en regiones poco fértiles o excesivamente frías. Por tanto, y dado que tanto sus conocimientos como sus habilidades empíricas estaban bastante desarrollados, tuvieron que diversificar sus oficios en una organización bastante multidisciplinar.
Además de las tareas agrícolas que desempeñaban con soltura, su relación con la comida iba más allá y, con cierta asiduidad, se dedicaban a la elaboración de quesos. Tan estrecha fue la relación monacal entre el queso y el vino que, de tanto compartir la mesa, terminaron por generar un refrán muy común en los monasterios a partir del siglo IX.

«Vin avec lait, sante», algo que podríamos traducir como «vino con leche, salud» y que hace referencia a que consumir vino con queso no era solo una delicia, sino también una combinación con restricciones dietéticas.
Fuente: bullipedia



