En el universo del vino argentino abundan las historias de familias bodegueras y tradiciones centenarias. La de Santos Beck, en cambio, comenzó lejos de los viñedos. Ingeniero de profesión y empresario vinculado durante décadas a los sectores de infraestructura, energía y oil & gas, encontró en el vino una pasión que terminaría redefiniendo gran parte de su vida.
Durante una entrevista en el programa Saber Salir, Beck recordó cómo nació ese vínculo inesperado con la vitivinicultura. La influencia de un padrino, ex Contralmirante de la Marina, fue determinante. Junto a él comenzó a coleccionar vinos siendo apenas un adolescente y, en los viajes por distintos puertos del mundo, descubrió los viñedos europeos y una manera diferente de entender el vino.


“Vi la figura del viticultor y del comerciante de vinos en Francia y comprendí que existía otra forma de producir. No necesariamente con grandes bodegas y enormes extensiones de viñedos, sino poniendo el foco en el origen y en los productores”, explicó.
Aquellas experiencias lo llevaron a interesarse especialmente por los viñedos antiguos argentinos, muchos de los cuales hoy sobreviven en zonas históricas de Mendoza como Cruz de Piedra o Barrancas. Beck destaca que gran parte de su trabajo consiste en rescatar esos patrimonios vitícolas y transformarlos en vinos de identidad marcada.
Actualmente desarrolla proyectos en Primera Zona y Valle de Uco, dos de las regiones que considera fundamentales para la producción de vinos de calidad, aunque también trabajó durante años en San Juan, donde incluso elaboró el que recuerda como el único Nero d’Avola producido en Argentina a comienzos de los años 2000.
Su actividad trasciende las fronteras nacionales. Además de elaborar vinos en distintos países, lidera un club de vinos y mantiene vínculos comerciales con Europa. Sin embargo, el eje de su trabajo sigue siendo la creación de etiquetas de pequeña escala y fuerte personalidad.

Durante la entrevista presentó tres de sus vinos: un Chardonnay clásico, el nuevo Grand Vin y, especialmente, Le Plus, una edición limitada de apenas 300 botellas que representa una de sus apuestas más ambiciosas.

El vino nace de la combinación de dos clones de Pinot Noir de origen Dijon —el 777 y el 115— provenientes de San Carlos, Valle de Uco. Para su crianza utilizó barricas de la prestigiosa tonelería francesa Bossuet, ampliamente reconocida en Borgoña.

“Del Pinot Noir siempre se dice que es una variedad difícil. En Mendoza es especialmente exigente y de rendimientos bajos, pero cuando se logra expresar bien ofrece resultados extraordinarios”, señaló.
Consultado sobre los llamados clones Dijon, Beck explicó que se trata de selecciones genéticas específicas de Pinot Noir desarrolladas en Francia para potenciar determinadas características agronómicas y enológicas. Mientras el clon 777 suele aportar estructura y concentración, el 115 ofrece perfiles más delicados y elegantes, una combinación que buscó equilibrar en Le Plus.

La filosofía detrás del vino refleja también su propia mirada sobre la vitivinicultura: producciones pequeñas, atención al detalle y una búsqueda constante de identidad.
Lejos de las estrategias comerciales masivas, Beck mantiene una relación directa con sus clientes. “Soy del mundo analógico”, bromeó durante la charla al explicar que las reservas de sus vinos suelen concretarse por teléfono, a la vieja usanza.
La degustación en el estudio dejó una impresión positiva. El sommelier Marcelo Solá describió a Le Plus como “un caramelo líquido de frutos rojos”, destacando su profundidad, complejidad y la textura sedosa de sus taninos.
Una definición que resume el espíritu de un productor que llegó al vino desde la ingeniería, pero que encontró en los viñedos un territorio donde combinar conocimiento técnico, sensibilidad y una permanente curiosidad por descubrir nuevas expresiones del terroir argentino.
Por Marcelo Chocarro

