Celeste Lang y Hugo Cano convirtieron su pasión por viajar y descubrir vinos en Trotamundos Wines. Después de recorrer destinos como Moldavia, Grecia y Croacia, llegaron a Georgia, donde encontraron una tradición vitivinícola de más de ocho mil años que todavía vive en sus qvevri. En Saber Salir compartieron esa experiencia y presentaron dos vinos que mostraron una expresión muy diferente a la que suele encontrar el consumidor argentino.
Como en A Good Year, la película de Ridley Scott en la que un viaje entre viñedos termina cambiando el rumbo de su protagonista, hay recorridos que comienzan con un destino y terminan revelando otra manera de mirar el mundo.
Celeste Lang y Hugo Cano viajaron mucho antes de que el vino se convirtiera en el hilo conductor de sus recorridos. Vivieron tres años en Irlanda, conocieron India, Europa, Asia y buena parte del mundo. Con el tiempo, el vino apareció como una manera diferente de elegir los destinos y, sobre todo, de comprender mejor cada lugar.
De ese espíritu nació Trotamundos Wines, un proyecto que comenzó a organizar sus viajes alrededor de bodegas, viñedos, productores y regiones vitivinícolas poco habituales.
Moldavia, Grecia y Croacia formaron parte de esos primeros recorridos. Las experiencias, que inicialmente compartían entre amigos, comenzaron luego a abrirse a otras personas interesadas en descubrir vinos, territorios y culturas diferentes.
“De nuestros amigos se abrió a una comunidad de entusiastas del vino, curiosos como nosotros”, explicó Celeste durante su visita a Saber Salir, por FM Milenium.
Uno de sus últimos grandes descubrimientos fue Georgia, considerada una de las cunas históricas del vino.

Los hallazgos arqueológicos sitúan allí elaboraciones vínicas de hace más de ocho mil años. Esa historia todavía permanece viva en los qvevri, grandes recipientes de arcilla que se entierran en el suelo y en los que aún se elaboran algunos de los vinos más característicos del país.
Pero el viaje no estuvo marcado solamente por las bodegas.
Hugo y Celeste destacaron especialmente la hospitalidad georgiana y una de sus tradiciones más representativas: la supra, un gran banquete presidido por el tamada, la persona encargada de conducir los brindis, ordenar la conversación y homenajear a los invitados.

Para acercar parte de esa cultura al programa llevaron dos vinos elaborados en Kakheti, una de las principales regiones vitivinícolas de Georgia.
El primero fue un vino ámbar de Château Buera, elaborado en qvevri y con un año de crianza en roble francés. La bodega forma parte de un proyecto que combina producción de vinos, alojamiento y enoturismoen el entorno de Lopota Lake.
La segunda etiqueta fue un Saperavi de Papari Valley.
La historia de esta bodega también despertó curiosidad. Según explicó Hugo, su fundador dejó el mundo de la física para dedicarse a la viticultura y desarrolló un particular sistema de qvevri distribuidos en tres niveles, por los que el vino se desplaza aprovechando la gravedad.

El Saperavi permitió además conocer una de las variedades emblemáticas de Georgia, comparable, por su importancia cultural y vitivinícola, con el lugar que ocupa el Malbec en la Argentina.
Durante la degustación, el reconocido sommelier y profesor Marcelo Sola planteó que estos vinos requieren acercarse “con otro paladar”, dispuesto a interpretar estilos diferentes de aquellos que tradicionalmente marcaron la cultura vitivinícola de Europa occidental.
“A mí me gustan mucho”, señaló, y recordó que Georgia también produce vinos frescos y frutados, más allá de las elaboraciones ancestrales que hoy despiertan tanta curiosidad.

En el caso del vino ámbar de Château Buera, destacó especialmente el prolongado contacto con las pieles de las uvas blancas, una práctica que aporta textura y presencia de taninos.
También relacionó este tipo de elaboración con el desarrollo contemporáneo de los vinos naranjos y con productores europeos como Josko Gravner y Radikon, quienes encontraron inspiración en las antiguas técnicas georgianas.
En la copa, Sola identificó aromas de dulce de batata, quinoto y damasco, junto con muy buena acidez, frescura y “un agarre tánico sorprendente que uno no espera”.
Para Hugo Cano y Celeste Lang, sin embargo, el vino es apenas una parte del recorrido.
Trotamundos Wines propone conocer cada etiqueta dentro de su paisaje, su historia y su cultura. Viajar para comprender de dónde viene un vino y después compartir ese descubrimiento con quienes tienen la misma curiosidad.
La experiencia continuará con nuevas degustaciones de vinos georgianos, entre ellas una presentación en Porte Bar y otra prevista para noviembre en Gamboa Costa Atlántica, en General Madariaga.

Y cuando llegó la pregunta inevitable —qué destino los había sorprendido más— Celeste no dudó demasiado:
“Georgia fue la que realmente me rompió la cabeza por lo diferente”.
Tal vez allí esté también la esencia de Trotamundos: dejar que el vino marque el rumbo y seguir viajando para descubrir qué hay detrás de cada botella.
Acerca de Georgia
Georgia es considerada una de las cunas del vino. Evidencias arqueológicas sitúan allí elaboraciones vínicas de hace más de 8.000 años. Una de sus tradiciones más emblemáticas es el uso de qvevri, grandes recipientes de arcilla enterrados en el suelo donde el vino fermenta y madura. El país conserva cientos de variedades autóctonas y tiene en Kakheti a su principal región vitivinícola. Entre sus cepas más representativas se encuentran Saperavi, tinta, y Rkatsiteli, blanca.
Por marcelo chocarro

