Leí Borrachos con cierta prevención. El título prometía una defensa del alcohol y pensé que sería uno de esos ensayos provocadores que exageran para llamar la atención. Pero el libro de Edward Slingerland, publicado en español como Borrachos: cómo bebimos, bailamos y tropezamos en nuestro camino hacia la civilización, resultó ser algo bastante más interesante: una investigación histórica y científica que obliga a mirar el consumo de alcohol desde un ángulo totalmente distinto.

La pregunta que guía todo el texto es muy simple: si emborracharnos es tan perjudicial, ¿por qué prácticamente todas las culturas humanas, desde las más antiguas hasta hoy, inventaron alguna bebida fermentada?
La respuesta de Slingerland es incómoda y, al mismo tiempo, lógica. El alcohol no habría sido solo un vicio o un accidente evolutivo, sino una herramienta social. Beber juntos ayudó a generar confianza, a relajar tensiones y a cooperar con personas que no eran familiares. Y esa capacidad de colaborar con extraños fue clave para construir aldeas, ciudades, mercados y Estados.

A lo largo del libro, el autor combina arqueología, antropología y neurociencia para mostrar que el alcohol funciona como un “lubricante social”: baja las inhibiciones, facilita la conversación, el humor y el sentido de pertenencia. En pequeñas dosis, incluso puede estimular la creatividad. No por nada tantos rituales, fiestas, acuerdos políticos o celebraciones religiosas de la historia ocurrieron alrededor de una mesa.
Uno de los pasajes que más me sorprendió es cuando sugiere que la agricultura quizá no surgió solo para producir alimentos sólidos, sino también para fermentar granos y hacer cerveza. Es decir: la necesidad de festejar y reunirse pudo haber sido tan importante como la de comer.
Eso sí, el libro no romantiza la borrachera. Slingerland marca una diferencia clara entre el consumo tradicional —colectivo, ritualizado, con bebidas suaves— y el consumo moderno, más solitario y con alcoholes fuertes y baratos. El problema, dice, no es tanto el alcohol en sí, sino haber perdido los límites culturales que lo encuadraban.

Al terminarlo, me quedó la sensación de haber leído menos una apología de la bebida y más una historia cultural de la humanidad. Borrachos no invita a brindar sin culpa, pero sí a entender que el alcohol, para bien y para mal, formó parte de cómo aprendimos a convivir.
Y eso lo vuelve mucho más complejo —y más humano— de lo que solemos admitir.
Por Marcelo Chocarro



