Muchos nunca habíamos oído hablar de Chañar Punco hasta que lo leímos en una etiqueta. En una entrevista en Saber Salir, Claudio Maza, enólogo principal de El Esteco, nos llevó hasta ese pequeño paraje de Catamarca y contó cómo sus viñedos de altura dieron origen a vinos que hicieron viajar su nombre. Una charla sobre el desafío de cultivar entre montañas, la vitivinicultura como forma de vida y las posibilidades que todavía quedan por descubrir.
Hemos viajado al norte argentino y sentido ese sol que nos pega directo en la cara. Pero las vides también encuentran su lugar en las alturas, cerca de las montañas, donde los caminos son difíciles y el frío puede ser implacable. Allí, entre condiciones extremas, se busca hacer grandes vinos. Claudio Maza lo cuenta en nuestra charla: la viticultura no es para débiles. Siempre hay una contingencia climática que obliga a estar atentos, una decisión que tomar, algo que aprender. Para él, la vitivinicultura es una forma de vida. Y en esos desafíos también está la dulzura de la victoria.
Mendocino y tercera generación de productores de uva, Maza llegó a Cafayate hace más de veinte años, recién casado y sin siquiera conocer la región. Fue a abrirse paso en su belleza, pero también en su lado salvaje. Hay algo de dureza en ese oficio: convivir con el clima, esperar, insistir y volver a empezar cada cosecha. Después, con los años, llegan las historias y las sonrisas. Y esa confianza en que el mejor vino todavía puede ser el de la próxima vendimia.
Hoy es el enólogo principal de Bodega El Esteco. Entrar allí es meterse en la historia de una casa nacida en 1892, donde la tradición sigue encontrando espacio para lo nuevo.
Como cada viernes, en Saber Salir conversamos con quienes hacen el vino argentino. Esta vez, la charla con Claudio nos llevó más allá de Cafayate, hasta Chañar Punco, un pequeño paraje del departamento de Santa María, Catamarca. Al escucharlo, ese nombre que muchos conocimos en una botella empezó a tomar otra dimensión: un paisaje, una historia y una manera de trabajar.

Allí, a 2.000 metros sobre el nivel del mar, la bodega tiene un viñedo plantado entre 1997 y 2001. Hay piedras, montañas, viento y un paisaje que Maza describe como más salvaje que el propio Cafayate. Plantar en esos suelos pedregosos, con desniveles y lejos de las comodidades, fue una apuesta que hace casi treinta años tenía poco de habitual. Hoy sus vinos ayudan a contar por qué valió la pena.
De Chañar Punco conocemos tintos potentes, con carácter, que exigen entender el lugar y aprender a trabajar con él. Pero también salen blancos y un sorprendente Pinot Noir elaborado como Blanc de Noir, de delicada tonalidad rosada. Vinos que amplían la mirada de quienes todavía asociamos el norte únicamente con tintos intensos.

Durante la entrevista, Maza cuenta que los propios productores tuvieron que revisar sus ideas sobre la región. Cuando comenzaron a medir y observar mejor, descubrieron que el valle no era tan cálido como habían creído. La altura, las montañas y la nubosidad que aparece en los meses previos a la cosecha permiten explorar otros estilos. Después viene el trabajo del enólogo: elegir cuándo cosechar, cuidar los racimos y decidir cómo interpretar esas uvas.
En el caso del Pinot Noir, explica, los racimos se cosechan temprano por la mañana y van enteros a la prensa. Así consiguen una extracción de color muy suave y esos tonos que recuerdan a los rosados de la Provenza. Hay que conocer el lugar, pero también animarse a descubrir posibilidades que antes no se veían.
La novedad de El Esteco se llama El Último Tramo. Maza nos cuenta que el nombre nace del recorrido para llegar a Chañar Punco: desde Cafayate hay que seguir hacia el sur por la Ruta 40 y completar ese trayecto adicional que conduce hasta la finca. La línea incluye un Malbec y un Cabernet Sauvignon de ese origen, y suma un Torrontés naranjo de Cafayate, elaborado en contacto con sus pieles.

El Último Tramo parece un nombre que nos deja poco camino por delante. Sin embargo, al escuchar a Maza, aparecen nuevas preguntas sobre lo que todavía puede dar ese paisaje. A veces la respuesta es un tinto potente; otras, un Pinot Noir de delicado tono rosado donde pocos lo esperaban.
Terminamos la charla con la sensación de conocer un poco más ese lugar que primero descubrimos en una etiqueta. Ahora, detrás del nombre Chañar Punco, podemos imaginar las piedras, las montañas y el trabajo de quienes vuelven al viñedo cada temporada. Si el mejor vino será el de la próxima cosecha, este último tramo todavía tiene mucho camino por recorrer.
Por Marcelo Chocarro

