Hace algunos años vi en Netflix una serie china que me impactó: The Rational Life. Detrás de la historia de una mujer profesional, independiente y soltera de treinta y tantos años aparecía una presión difícil de entender desde nuestra cultura: casarse antes de que fuera “demasiado tarde”. Tiempo después descubrí que aquello que mostraba la ficción tenía detrás un fenómeno social real. Durante años, en China se popularizó la expresión sheng nü —“mujeres sobrantes”— para referirse especialmente a mujeres educadas, profesionales y solteras que llegaban al final de sus veinte años sin haberse casado. Casi dos décadas
después, la paradoja es notable: muchas jóvenes continúan postergando el matrimonio y la maternidad mientras China enfrenta una fuerte caída de los nacimientos y busca nuevas maneras de incentivar la formación de familias.
Durante años, una mujer china podía estudiar una carrera universitaria, obtener un posgrado, construir una buena posición profesional, alcanzar independencia económica y, sin embargo, llegar a los 27 años y comenzar a cargar con una etiqueta incómoda: sheng nü (剩女).
La expresión puede traducirse como “mujer sobrante” o “mujer que quedó”.
El término comenzó a popularizarse hacia 2007 y adquirió una enorme visibilidad a través de medios y organizaciones vinculadas al Estado. La Federación Nacional de Mujeres de China, organización estrechamente vinculada al gobierno, contribuyó a difundir la expresión y la referencia a los 27 años, mientras que el término también apareció entre las nuevas expresiones registradas por el Ministerio de Educación.
Por eso suele afirmarse que China llegó a clasificar “oficialmente” a estas mujeres como sheng nü. Sin embargo, conviene hacer una distinción: no existió una ley que estableciera que toda mujer soltera mayor de 27 años fuera oficialmente una “sobrante”.
Lo que sí ocurrió —y quizás resulte igualmente significativo— fue que una expresión social profundamente estigmatizante obtuvo legitimidad y difusión a través de instituciones y medios vinculados al Estado.
Cuando la ficción refleja una realidad
Años después de que comenzara a difundirse el término, esa tensión social también llegó a la ficción.
The Rational Life (La vida racional), serie china disponible en Netflix, cuenta la historia de Shen Ruo Xin, una profesional de treinta y tantos años que intenta avanzar en su carrera mientras enfrenta la presión constante de su madre y de su entorno para casarse.
La protagonista no rechaza el amor ni necesariamente la posibilidad de formar una familia. Lo que cuestiona es algo diferente: por qué debería casarse simplemente porque alcanzó determinada edad.
Y allí la serie refleja perfectamente el conflicto de las sheng nü.
Mujeres urbanas, universitarias y económicamente independientes que quedaron atrapadas entre dos modelos: uno tradicional, que todavía asociaba buena parte de la realización femenina con el matrimonio y la maternidad, y otro nuevo, construido alrededor de la educación, la carrera profesional y la posibilidad de sostener una vida independiente.
Lo que parecía simplemente el argumento de una serie romántica tenía detrás una transformación social mucho más profunda.
Ahora China necesita más matrimonios
Y aquí aparece una de las grandes paradojas de esta historia.
El país que durante décadas intentó controlar su crecimiento demográfico enfrenta hoy el problema contrario.
China terminó 2025 con aproximadamente 1.405 millones de habitantes y perdió 3,39 millones de personas en apenas un año.
Durante 2025 nacieron 7,92 millones de niños, mientras murieron 11,31 millones de personas.
La población volvió así a reducirse y el envejecimiento continúa avanzando: 323 millones de habitantes ya tienen 60 años o más.
En ese contexto, el matrimonio y la formación de nuevas familias dejaron de ser solamente una cuestión privada para convertirse también en un desafío económico y demográfico.
Casarse ahora es más fácil
China incluso comenzó a modificar algunas de las reglas que rodeaban al matrimonio.
Desde mayo de 2025, las parejas pueden registrar su matrimonio en cualquier oficina habilitada del país, independientemente del lugar donde tengan registrado su hukou —el sistema chino de registro de residencia—.
Antes, muchas parejas debían regresar a la localidad de origen de alguno de los dos para completar el trámite.
También se eliminó la obligación de presentar el libro familiar de registro para casarse.
El objetivo fue simplificar el proceso y adaptarlo a una sociedad mucho más móvil, donde cientos de millones de personas viven y trabajan lejos de sus lugares de origen.
Y hubo una reacción.
En 2025 se registraron 6,76 millones de matrimonios en China, unos 657.000 más que el año anterior.
Es una recuperación después de años de fuertes caídas, aunque todavía habrá que observar si se transforma en una tendencia sostenida.
En Shanghái, las mujeres ya se casan cerca de los 30
Hay un dato especialmente revelador si recordamos aquella frontera simbólica de los 27 años asociada a las sheng nü.
En Shanghái, una de las ciudades más modernas y cosmopolitas de China, la edad promedio del primer matrimonio en 2025 fue de 29,7 años.
Para las mujeres fue de 29,1 años y para los hombres, de 30,3.
Es decir, una mujer que bajo aquellos viejos parámetros podía comenzar a ser considerada “sobrante” a los 27 años, hoy ni siquiera habría alcanzado la edad promedio del primer matrimonio femenino en una de las principales ciudades del país.
La sociedad cambió mucho más rápido que algunos de sus estereotipos.
De controlar los nacimientos a incentivarlos
La transformación resulta todavía más llamativa cuando se observa la historia reciente de China.
Durante décadas, el país aplicó estrictas políticas destinadas a limitar los nacimientos. La más famosa fue la política del hijo único.
Hoy ocurre exactamente lo contrario.
El gobierno busca construir lo que denomina una sociedad “favorable a la natalidad” y diferentes ciudades y provincias han comenzado a implementar ayudas económicas, servicios de cuidado infantil y otras políticas destinadas a reducir el costo de formar una familia.
En 2026 se lanzó incluso una iniciativa nacional para reconocer ciudades y lugares de trabajo que faciliten la maternidad, la crianza y la conciliación entre familia y empleo.
La preocupación ya no es que nazcan demasiados niños.
Es que nazcan demasiado pocos.
¿Qué cambió en las mujeres?
Pero reducir el fenómeno solamente a incentivos económicos sería quedarse con una parte de la historia.
Las mujeres chinas también cambiaron.
Las nuevas generaciones tienen mayores niveles educativos, participan del mercado laboral, viven de manera independiente y poseen expectativas diferentes respecto del matrimonio.
Casarse dejó de ser necesariamente el paso automático que seguía a terminar los estudios.
Para algunas mujeres, una pareja tiene que competir con algo que generaciones anteriores tuvieron en mucha menor medida: la posibilidad real de construir una vida independiente.
Eso también modifica las condiciones bajo las cuales están dispuestas a casarse.
Y aparece entonces una cuestión que atraviesa no solamente a China sino también a Corea del Sur, Japón y otras sociedades asiáticas: cuanto mayores son las oportunidades educativas y económicas de las mujeres, más difícil resulta mantener intacto un modelo familiar construido cuando esas oportunidades prácticamente no existían.
La paradoja de las “sobrantes”
Las sheng nü fueron presentadas como mujeres que se estaban quedando atrás porque no habían encontrado marido.
Pero muchas de ellas eran precisamente las mujeres que estaban avanzando más rápido: universitarias, profesionales, urbanas y económicamente independientes.
Hoy China intenta encontrar nuevas maneras de convencer a una generación diferente de que se case y tenga hijos.
Facilita los registros matrimoniales, desarrolla políticas de apoyo a la natalidad e intenta reducir los costos asociados a la crianza.
Pero quizás el verdadero desafío sea bastante más profundo.
Porque no se trata solamente de conseguir que las mujeres vuelvan a casarse antes. Se trata de entender que las condiciones bajo las cuales están dispuestas a hacerlo cambiaron.
Durante años, la sociedad china se preguntó qué hacer con aquellas mujeres que llegaban solteras a los 27 años.
Casi veinte años después, tal vez la pregunta se haya invertido: qué tendrá que cambiar China para que una nueva generación de mujeres vuelva a considerar atractivo casarse y formar una familia.
Por el equipo de Saber Salir

