Hay fiestas que nacen del marketing.
Y hay otras que nacen de la memoria.
La Fiesta del Tomate de Don Julio pertenece a la segunda categoría.
Podría parecer apenas una excusa de temporada —una cosecha, unos cajones rojos, un almuerzo largo—, pero en realidad es algo más profundo: una manera de preguntarse, año tras año, qué significa hoy cocinar en Argentina.
Para Pablo Rivero, el tomate no es un producto estrella ni una moda gastronómica. Es otra cosa: es infancia, huerta, verano, abuela, salsa hirviendo. Es el primer sabor que muchos recuerdan.
Y desde esa simpleza nace la idea de la fiesta.
Porque antes que restaurante premiado, Don Julio fue casa.
Y antes que técnica, hubo mesa familiar.

Cocinar también es pensar
Con los años, esa intuición doméstica se transformó en algo más grande: un espacio de conversación.
La sexta edición del festival confirmó esa evolución. Ya no se trata sólo de celebrar un ingrediente, sino de reunir a productores, cocineros y oficios para pensar el futuro de la cocina argentina.
En el campo productivo de la casa, La Comarca, casi cien profesionales compartieron saberes, técnicas y preguntas. No hubo competencia ni espectáculo. Hubo intercambio.
Ese espíritu colectivo explica por qué la fiesta crece.
Don Julio hoy acumula reconocimientos internacionales, certificaciones de trazabilidad y premios globales. Pero, paradójicamente, cuanto más grande se vuelve el proyecto, más vuelve a lo pequeño: al origen, al producto, al vínculo con quien cocina.
Ahí está el corazón del encuentro.
El mar también puede hablar argentino
Una de las jornadas estuvo dedicada al mar.
El australiano Josh Niland despostó un pez limón como si fuera una media res, aplicando lógica carnicera al pescado: cortes precisos, aprovechamiento total, cero desperdicio. Su mensaje fue claro: el pescado merece el mismo respeto que la carne.
Luego, el vasco Aitor Arregi, del mítico Elkano, habló del fuego como herencia cultural. De asar pescado entero como lo hacían los marineros. De cocinar con memoria.
Escucharlos no fue una clase técnica, sino una lección de identidad.
Porque, al final, lo que ambos demostraron es lo mismo que el tomate viene diciendo hace años:
la cocina es territorio y relato, no sólo receta.

¿Por qué Don Julio hace esta fiesta?
Porque podría limitarse a servir mesas…
pero elige construir comunidad.
Porque entiende que la gastronomía no es sólo negocio, sino cultura.
Y porque, en el fondo, todo empezó con algo tan simple como un tomate maduro cortado en rodajas, con sal gruesa y aceite.
Una escena mínima.
Una memoria compartida.
Una fiesta que, sin proponérselo, termina siendo importante.
Por el equipo de Saber Salir



