Pese a que el islam prohibió, en teoría, el consumo de vino -que no el cultivo de uvas- , es evidente que, al menos de ese modo, la viticultura continúo practicándose e incluso prosperando durante la Alta Edad Media, al menos en la península ibérica y en Persia.
Las pruebas de las que disponemos en la actualidad indican que también se continuó produciendo vino, aunque a menudo de forma ilícita. Una de las repercusiones más significativas del gobierno islámico en la viticultura fue quizá el modo en que influyó en la selección de uvas que se cultivaban en las zonas que estaban bajo su dominio.
Así, los viñedos se siguieron cultivando al menos para producir uvas de mesa – o esa era la versión oficial – , lo que conducía a seleccionar las bayas más grandes y con mayor grado de dulzor. En caso de ser vinificadas, estas uvas carentes de acidez producían vinos muy desequilibrados. Pero, dados los gustos de una época en la que reducían el mosto para la producción de arrope, era costumbre beber vinos muy endulzados y, posiblemente, estas uvas cumplían los requisitos básicos requeridos.
La llegada de los musulmanes a la península se produjo en el año 711. El reino visigodo fue derrotado en la batalla de Guadalete* y el sistema vinícola de herencia fenicia, griega y romana que había pervivido durante más de mil años entró en riesgo de colapso.
La extensión cultivada de viñedos no decreció tanto como podría esperarse tras la invasión de una cultura para la que el consumo de alcohol estaba prohibido en el Corán, pero esta superficie de viñas se transformó por completo para potenciar aquellas variedades de uvas de mesa y asas que odian consumir.
Los grados de tolerancia con el consumo de vino variaron enormemente conforme avanzaban las décadas. La permisividad caracterizó los primeros años del califato de Córdoba en los que cristianos y judíos odian cultivar los viñedos y elaborar vino para su consumo, aunque penalizaron a aquellos que bebían en público con azotes y declararon impuestos sobre la tierra como el jaray, ya que consideraban el consumo privado como una elección individual de la cual debería el pecador dar cuenta a Alá.
El escenario cambió con los gobiernos almorávides y almohades, que intentaron acabar por completo con un consumo de vino que iba contra los dictámenes islámicos. Algunas de esas medidas fueron la venta de grandes cantidades de uva, la elaboración de copas y recipientes o romper los envases a los comerciantes sospechosos de vender vino. Sin embargo, no se plantearon, en ningún momento, medidas restrictivas sobre el cultivo de la vid. Y, según fuentes musulmanas, las regulaciones del trabajo en el viñedo parecen indicar que la actividad vinícola no se detuvo en al – Ándalus.
No obstante, el ejercicio de la vitivinicultura siempre fue una actividad en un vacío legal que se veía influenciada por las interpretaciones islámicas de los gobiernos y los riesgos para mantener la actividad clandestina demostraban la voluntad de los campesinos cristianos y judíos de sortear, como fuera, esta «ley seca» medieval. Por tanto, no será hasta la reconquista cuando la producción y el comercio se recuperen notablemente, impulsando un mercado oculto durante siglos.
Otra demostración de la existencia del consumo de vino se encuentra en un poema de Ben Al -Zaqqaq, de Alcira, que habla de la relación con el vino or arte del pueblo musulman:
«El vaso de vino nos mira con las pupilas de sus burbujas, que sustituyen para nosotros a los lánguidos».
*La batalla de Guadalete significa el colofón del reino visigodo y el inicio de la presencia islámica en la Península Ibérica donde en algunos lugares mantendrá su dominio hasta la última década del siglo XV.



