Durante décadas, hablar de vino argentino fue hablar de Mendoza, San Juan o Salta. Sin embargo, pocos saben que la provincia de Buenos Aires llegó a ser una de las regiones vitivinícolas más importantes del país. A comienzos del siglo XX ocupaba el quinto lugar en producción nacional, contaba con decenas de bodegas de avanzada y elaboraba vinos que competían con los mejores de la época.
Lejos de ser una moda reciente, el crecimiento que hoy vive la vitivinicultura bonaerense representa el renacimiento de una historia centenaria que permaneció olvidada durante casi setenta años.
Una industria que floreció con la inmigración
Los orígenes de la vitivinicultura comercial bonaerense se remontan a fines del siglo XIX. La llegada masiva de inmigrantes europeos, portadores de una profunda cultura del vino, impulsó el desarrollo de numerosos emprendimientos que encontraron en la provincia condiciones favorables para producir.
Entre 1900 y 1920 la actividad alcanzó su máximo esplendor. Buenos Aires se convirtió en la quinta provincia productora del país, detrás de Mendoza, San Juan, Catamarca y Entre Ríos.
La importancia de aquella industria quedó registrada en publicaciones fundamentales como La Vitivinicultura Argentina (1910), editada por el Centro Vitivinícola Nacional, y en los trabajos de los especialistas franceses J. A. Doleris y Louis Ravaz, quienes describieron con detalle las bodegas bonaerenses, sus viñedos y la calidad de sus vinos.
Bodegas de avanzada y vinos reconocidos
En aquellos años funcionaban establecimientos de notable desarrollo tecnológico. Productores como Francisco Barroetaveña y Tomás Márquez, en Escobar, o Andrés Rosso y David Spinetto, en Quilmes, cultivaban variedades como Malbec, Nebbiolo, Barbera y Malvasía y elaboraban sus vinos en grandes cubas de roble con modernos sistemas de fermentación y conservación.
Sus etiquetas abastecían mercados como la Ciudad de Buenos Aires, Campana, Baradero y Ramallo, prueba de que la provincia había consolidado una verdadera industria vitivinícola.
San Nicolás llegó a convertirse en uno de los principales polos del vino argentino, con alrededor de cincuenta bodegas dedicadas principalmente a variedades finas como Pinot Gris y Barbera.
Más al sur, en Carmen de Patagones, el empresario italiano Carmelo Botazzi desarrolló uno de los proyectos más ambiciosos de la época: un viñedo de cien hectáreas con Malbec, Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Verdot y Sauvignon Blanc, acompañado por una moderna bodega dirigida por el enólogo mendocino Pedro Boffa. Sus vinos alcanzaron notoriedad en Bahía Blanca e incluso fueron servidos en banquetes oficiales con autoridades nacionales.

La ley que apagó una industria
El auge de la vitivinicultura bonaerense tuvo un abrupto final durante la década de 1930.
La sanción de la Ley Nacional de Vinos N.º 12.137, impulsada durante la presidencia de Agustín P. Justo, restringió la elaboración y comercialización de vinos fuera de las provincias vitivinícolas reconocidas. La medida buscó concentrar la producción nacional en Cuyo y en las provincias cordilleranas del norte, provocando la desaparición de la actividad comercial en Buenos Aires y en otras regiones del país.
Durante casi siete décadas, una provincia que había sido protagonista del vino argentino quedó prácticamente fuera del mapa vitivinícola.

El renacer del siglo XXI
Recién en el año 2000 comenzó a revertirse esa historia.
Ese mismo año nació Al Este Bodega & Viñedos, en Médanos, partido de Villarino, proyecto impulsado por el ingeniero agrónomo Daniel Dinucchi, quien implantó unas treinta hectáreas de viñedos y marcó el inicio del renacimiento moderno del vino bonaerense.
A partir de esa experiencia comenzaron a surgir nuevos emprendimientos en distintos puntos de la provincia, recuperando antiguas zonas vitícolas, estudiando los distintos terroirs e incorporando tecnologías de última generación.
Hoy proyectos como Castel Conegliano, Al Este Bodega & Viñedos, Trapiche Costa & Pampa, Gamboa, Saldungaray, Finca Las Antípodas y muchas otras bodegas emergentes demuestran que Buenos Aires volvió a ocupar un lugar destacado dentro del mapa vitivinícola argentino.

Un terroir con identidad propia
El éxito de esta nueva etapa no es casual.
La provincia reúne condiciones naturales comparables con algunas de las regiones vitivinícolas más prestigiosas del mundo. El noreste presenta suelos ricos en arcillas y materia orgánica, mientras que las zonas serranas y costeras ofrecen una marcada influencia oceánica y una combinación de arenas, piedras y arcillas que recuerda, en ciertos aspectos, a regiones como Burdeos.
La alternancia entre años húmedos y secos, lejos de ser una limitación, aporta personalidad a cada cosecha y permite que las añadas expresen características propias, tal como ocurre en los grandes terroirs del mundo.
Estas condiciones favorecen especialmente variedades como Chardonnay, Sauvignon Blanc, Riesling, Pinot Noir y Merlot, aunque también permiten excelentes expresiones de Malbec, Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon.
Los vinos bonaerenses se distinguen por su frescura natural, elevada acidez, moderada graduación alcohólica, intensidad aromática y una notable capacidad de guarda, rasgos que comienzan a consolidar una identidad propia.
Un pasado que vuelve a hacerse presente
El crecimiento del vino bonaerense no representa el nacimiento de una nueva región vitivinícola, sino la recuperación de una tradición que alguna vez posicionó a Buenos Aires entre las principales provincias productoras del país.

Detrás del auge del enoturismo, de las nuevas bodegas y de los vinos que hoy despiertan el interés de consumidores y críticos, existe una historia centenaria de inmigrantes, emprendedores y bodegueros que había quedado injustamente relegada.
El mejor símbolo de ese renacimiento llegará el próximo 1.º de agosto, cuando se celebre el 9.º Encuentro de Productores Vitivinícolas de la Provincia de Buenos Aires. Que hoy decenas de bodegas se reúnan para compartir experiencias, debatir el futuro del sector y mostrar sus vinos confirma que la vitivinicultura bonaerense dejó de ser una promesa para volver a convertirse en una realidad.
Porque, más que una nueva región del vino argentino, Buenos Aires está recuperando el lugar que alguna vez supo ocupar en su historia.
Por el equipo de saber salir

