Historias submarinas de Facundo Niziewiz en Comodoro Rivadavia.
Comodoro Rivadavia no sólo es petróleo y viento. A orillas del Golfo San Jorge, una actividad silenciosa, ancestral y precisa tiene lugar bajo el agua: la pesca artesanal de pulpos. Allí, en ese universo submarino donde no llega el GPS ni las redes, trabaja Facundo Niziewiz, un joven buzo y pescador que hace años se sumerge a pulmón en busca de los escurridizos pulpos colorados.
Lo encuentro en su gomón, junto a algunos colegas de prensa. La embarcación, que durante el verano también pasea turistas, es su plataforma para las inmersiones. Facundo es sereno, un profesional del mar que no necesita levantar la voz para decir cosas importantes.
“Yo me sumerjo y empiezo a buscar rajas”. Vale aclarar que las rajas se encuentran en el lecho marino: pequeñas cuevas difícilmente accesibles para el profano, grietas entre las piedras donde los pulpos se refugian. La pesca submarina no se guía por instrumentos, sino por la experiencia, la paciencia y los ojos entrenados.
Niziewiz practica apnea, como lo exige la normativa de pesca deportiva. No hay compresores, ni barcazas de apoyo. Solo su traje de neoprene, una linterna y un cuchillo. Y luego, un descenso sin oxígeno, guiado por la destreza y la calma.
“Como te comenté, el pulpo colorado se esconde en las rocas, en rajas chicas, y sale de noche a cazar. Se alimenta principalmente de cangrejos y arañas de mar. Nosotros bajamos con linternas y vamos viendo dentro de las rajas para capturarlos. No hay otra forma de hacer pesca submarina, porque hacerlo con oxígeno está prohibido y es antideportivo”, aclara. Y suma que existe un circuito nacional de torneos submarinos donde distintos clubes compiten bajo estas mismas reglas.
Pero no todos los pulperos se sumergen. “También hay pescadores caminantes. En Comodoro, la amplitud de mareas es muy grande, y cuando baja mucho podés meterte en los canales con un gancho”, comenta. Allí conviven dos especies: una más pequeña, de un kilo promedio, y otra más robusta, que aparece a fines del verano y puede superar los cuatro kilos.
Niziewiz también diferencia el pulpo local del chileno. “El de allá es más combativo y fibroso, hay que apalearlo varias veces contra la roca. El nuestro es más chico y tierno”, detalla. Y hay mercado para ello: algunos restaurantes llegan a pagar hasta 25.000 pesos el kilo bruto, aunque hay que tener en cuenta que al cocerse el pulpo pierde hasta un 40% de su peso.
En una ciudad que mira al mar con otros ojos —más ligados al hidrocarburo que a la gastronomía—, los pulperos son una rareza vital. Es que, en las aguas del Atlántico Sur, la tradición y el conocimiento se mezclan con la aventura diaria. Y Facundo, con su respiración contenida y su mirada aguda, parece uno de esos hombres llamados a entender un mundo que la mayoría apenas imagina.
Por Luis Lahitte

