Hay lugares donde el vino parece imposible.
Lugares donde el viento golpea sin descanso, donde el paisaje es seco, desértico y hostil, y donde durante años nadie imaginó que podían nacer algunos de los vinos más buscados de Argentina.
Uno de esos lugares está en Valle Azul, en plena Patagonia.
Allí, Ribera del Cuarzo logró lo que parecía improbable: convertirse en una bodega de culto en tiempo récord, conquistar coleccionistas y volver a poner al Merlot en el centro de la escena.
La gran protagonista de esta historia es María Eugenia Herrera, elegida recientemente como “Enólogo/a Revelación” en los premios Winexplorers 2026, mientras la bodega fue distinguida como “Mejor Bodega Pequeña/Productor”.

Cordobesa de nacimiento pero criada en la Patagonia, Herrera comenzó estudiando gastronomía y sommellerie antes de enamorarse definitivamente del vino y lanzarse a estudiar enología. Hace quince años que elabora vinos en el sur argentino, pero hoy atraviesa el momento más importante de su carrera.
“Nosotros plantamos la bandera del Merlot”, afirma sin rodeos.
Y la frase no es menor.
Durante años, gran parte de la industria consideró al Merlot una variedad difícil comercialmente. El mercado argentino quedó dominado por el Malbec y muchos productores dejaron de apostar fuerte por aquella cepa que en los años noventa había vivido un enorme auge internacional.
Pero en Patagonia decidieron ir contra la corriente.
“Nos decían: ‘el Merlot no se vende’. Pero cada vez que la gente lo prueba, le encanta”, cuenta Herrera.
La apuesta terminó teniendo un impacto inesperado.
Uno de los Merlot elaborados por la bodega —un ensamblaje de distintas añadas— alcanzó valores récord y llegó a convertirse en el vino más caro de Argentina.
“Nosotros no pusimos el precio. Nos pagaron eso por el vino”, explica la enóloga.
Pero detrás del fenómeno comercial hay algo todavía más profundo: un terroir completamente distinto al resto del país.
Parte del viñedo está ubicado en la “barda”, una zona elevada, árida y ventosa donde históricamente casi nadie se había animado a plantar viñas. Mientras la mayoría de los viñedos del Alto Valle crecían cerca del Río Negro y sus canales de riego, este proyecto avanzó sobre un territorio prácticamente virgen.
Hubo que construir un acueducto y bombear agua para llevar vida a ese desierto.
Y el viento, lejos de convertirse en enemigo, terminó siendo aliado.
“Las plantas, para protegerse de estos vientos, engrosan sus pieles. Y en la piel está todo lo que queremos en nuestros vinos”, explica Herrera.
Ese detalle resulta clave.
Las pieles más gruesas aportan concentración, estructura, color y complejidad aromática. Una característica que hoy define el estilo de los vinos de Ribera del Cuarzo.
La historia del proyecto también tiene algo de obsesión y destino.
Felipe Menéndez, creador de la bodega y descendiente tanto de pioneros patagónicos como de la histórica familia Concha y Toro, recorrió durante años toda la Patagonia buscando el lugar ideal para hacer vino.

Hasta que en 2008 probó un vino proveniente de ese viñedo perdido en Valle Azul.
“Le pareció exótico y se obsesionó con el lugar”, recuerda Herrera.
Desde entonces comenzó a escribirse una historia nueva.
“Siempre decimos que acá empezamos un libro en blanco”, cuenta la enóloga.
En muy poco tiempo, la bodega empezó a llamar la atención de críticos, periodistas y coleccionistas. Algunos comparan el fenómeno con el impacto que generó en su momento Bodega Chacra: pequeñas producciones, identidad extrema y vinos que parecen hablar directamente del paisaje.

Pero quizás lo más interesante es que esta revolución no nació desde el marketing, sino desde la convicción.
Mientras gran parte del mercado perseguía tendencias, Ribera del Cuarzo decidió profundizar aquello que mejor expresaba su territorio.
El resultado fue una Patagonia distinta.
Más salvaje.
Más extrema.
Y capaz de transformar un viejo Merlot olvidado en uno de los vinos más deseados del país.

Entrevista realizada por Marcelo Chocarro en “Saber Salir”, FM Milenium 106.7, viernes de 21 a 22 hs.



