Lo llamé para conversar sobre un Cabernet Franc y terminamos hablando de su bisabuelo, de una finca que pudo recuperar y de un Sangiovese que Michel Rolland le aconsejó tirar. En Saber Salir, Federico compartió recuerdos de familia y decisiones que todavía defiende con la misma convicción.
Federico está en una cena cuando lo llamamos desde Saber Salir, pero se hace un momento para conversar. Nosotros tenemos servido un Benegas Cabernet Franc 2024. Entre los vinos preparados para el programa, elegí ese: sé que también es uno de sus preferidos y quiero que me cuente por qué.
La pregunta nos lleva enseguida a su familia. Para explicarme lo que encuentra en esa copa, Federico vuelve a las plantas que trajeron los Benegas, a los viñedos que conservaron y a una manera de entender el vino que no siempre coincidió con el negocio de su época.

“Los Benegas son locos porque hacen vino fino”, recuerda que decían.
El vino común, me explica, daba una rentabilidad mucho mayor. Su familia había elegido otro camino. Mientras lo escucho, esa frase empieza a darle sentido al resto de la conversación.
-¿De dónde viene esa relación de tu familia con el Cabernet Franc?
Federico empieza por su bisabuelo, Tiburcio Benegas, fundador de El Trapiche. Me habla de una Mendoza que necesitaba encontrar un nuevo rumbo económico, cuando el trigo de la pampa húmeda y la llegada del ferrocarril cambiaban las condiciones de las actividades tradicionales de la provincia.
“Ahí a mi bisabuelo se le ocurrió que el futuro de Mendoza era la vitivinicultura”.
Lo escucho contar los viajes de Tiburcio para conseguir plantas: primero a Chile, cruzando la cordillera a lomo de mula; después a Francia. En uno de esos cruces, recuerda, la nieve cerró los pasos y lo obligó a regresar por el estrecho de Magallanes.
Pero hay un detalle en el que Federico se detiene y que me interesa especialmente: qué hacía su bisabuelo con las plantas que conseguía.
“Don Tiburcio le daba estacas a todo el mundo diciendo: ‘Planten, planten y planten’”.
Según me explica, entendía que una bodega sola no alcanzaba para darle reconocimiento a Mendoza. Hacían falta más viñedos, más productores, más gente convencida de que allí se podían hacer grandes vinos.
-¿Y cómo sigue esa historia en tus manos?
“Yo pude recuperar una finca”.
La frase es breve, pero nos devuelve al vino que estamos tomando. En esa antigua propiedad familiar, Federico encontró plantas que considera excepcionales. Con ese material empezó a desarrollar su Cabernet Franc y a ofrecerlo al público, al principio en cantidades pequeñas.

Me cuenta que un enólogo francés que había trabajado en Château Latour lo probó en la cava y le hizo una observación que todavía recuerda:
“Ojo, Federico, realmente en Francia no se puede hacer un Cabernet Franc de esta calidad”.
Esa devolución lo ayudó a reafirmar su decisión de embotellarlo como varietal. Cuando habla del origen y de la antigüedad de sus plantas, se vuelve enfático:
“Por eso el nuestro es muy distinto a los que se están haciendo ahora”.
Habíamos empezado hablando de una preferencia. Ahora entiendo mejor cuánto de su historia personal hay en esa elección.
La conversación cambia de variedad cuando Marcelo Solá le pregunta por el Sangiovese. Federico hace enseguida una precisión:
“En Sangiovese no es pionero Benegas. Benegas es pionero en hacer un Sangiovese de calidad y ofrecerlo al público”.
Las plantas, cuenta, las había introducido su tío abuelo, Pedro Benegas, entre las décadas de 1920 y 1930. Muchos años después, a él le tocaría defender el vino que salía de ese viñedo.

-¿Cómo fue empezar a ofrecerlo?
La respuesta nos lleva a Nueva York. Federico había viajado con tres vinos de su primera cosecha: un blend, un Sangiovese y un Chardonnay. Iba a reunirse con Michel Rolland para conversar sobre un posible asesoramiento.
Cuando llegó el turno del Sangiovese, la devolución fue difícil de olvidar:
“Federico, esto no es vino, tenés que tirarlo”.
Me interesa lo que hizo después de escuchar semejante opinión. Fue a buscar otra mirada.
Se presentó en la vinoteca Sherry-Lehmann, en Nueva York, y pidió hablar con el comprador. Todavía no tenía distribuidor: quería saber qué pensaba de su Sangiovese y cuánto podía valer.
Según recuerda, allí encontró una respuesta muy diferente. El comprador destacó su calidad frente a los Sangiovese de California y le dijo que podía competir con los italianos.

“Volví a Mendoza y dije: ‘Largamos el vino’”.
Federico cuenta la anécdota con humor, sobre todo cuando recuerda que Rolland se resistía a volver a probarlo. Hasta que un día se lo pidió sin vueltas:
“¡Michel, vamos a probar el Sangiovese!”.
Federico se ríe al recordar aquella discusión y cuenta cómo sostuvo su decisión, aun después de una opinión tan tajante.
-Después hay que encontrarle un lugar entre los consumidores.
Federico conoce bien esa dificultad. Me explica que muchos toman Sangiovese sin identificar la variedad y menciona los vinos de Chianti y de Montalcino.
En la Argentina, además, está el peso del Malbec. Lo describe con una comparación:
“En los restaurantes va la gente y de cada cien botellas compran setenta de Malbec y una de Sangiovese”.
Lo escucho y vuelvo a aquella frase del comienzo sobre los Benegas y el vino fino. En su historia, elegir qué vino hacer también significó aceptar que no siempre sería el más fácil de vender.
Por Marcelo Chocarro

