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Gustavo Rearte, el custodio de las joyas de Achával-Ferrer

redaccion Por redaccion
19 junio, 2026
En Comer y Beber
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Gustavo Rearte, el custodio de las joyas de Achával-Ferrer
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Entre viñedos centenarios, terroirs irrepetibles y una filosofía que se mantiene intacta desde hace casi tres décadas, el director enológico de Achával-Ferrer explica por qué la coherencia sigue siendo el principal valor de una de las bodegas más prestigiosas de Argentina.

Hay bodegas que elaboran vino y hay otras que conservan tesoros. Achával-Ferrer pertenece a esta última categoría. Sus viñedos centenarios, ubicados en algunos de los terroirs más emblemáticos de Mendoza, son considerados verdaderas joyas de la vitivinicultura argentina. Y Gustavo Rearte, director enológico de la casa desde hace quince años, asume con naturalidad la responsabilidad de custodiar ese patrimonio.


“Más que nervios, siento responsabilidad”, afirma cuando se le consulta sobre el desafío de interpretar viñedos que superan ampliamente el siglo de vida. “He aprendido el ADN de la bodega y a entender la dinámica de cada finca, sus suelos, sus riegos y sus ciclos. Nuestro objetivo es representar el Malbec a través de estos viñedos antiguos que nos entregan vinos totalmente distintos”.


Durante la conversación aparece inevitablemente el mapa de fincas que dieron identidad a Achával-Ferrer. Finca Bella Vista, Mirador y Altamira conforman lo que el sommelier Marcelo Solá define como el “trío de oro” de la bodega. A ese grupo se sumó en los últimos años Finca Nazarenas, un proyecto que amplió el abanico de terroirs y terminó consolidándose como una verdadera cuarta joya de la corona.


La incorporación de Nazarenas fue el resultado de años de observación y trabajo. Tras décadas elaborando vinos en Perdriel y Agrelo, el equipo identificó en esta última zona una personalidad propia. “Nos dimos cuenta de que Agrelo tenía una identidad distinta, con una composición de suelos diferente y una expresión muy particular del Malbec. Hoy, después de siete cosechas, sabemos que fue una excelente decisión”, explica Rearte.


Detrás de estos vinos existe un patrimonio que trasciende ampliamente la enología. Las viñas viejas representan historia, memoria y adaptación. Durante décadas —e incluso siglos— han desarrollado una extraordinaria capacidad para convivir con las condiciones de su entorno, soportando sequías, variaciones climáticas y distintos desafíos productivos. Sus raíces profundas exploran el suelo en busca de recursos y les permiten expresar con una precisión única la identidad de cada lugar.


Además, estos viñedos suelen conservar una diversidad genética invaluable y funcionan como verdaderos reservorios de biodiversidad. Sus extensos sistemas radiculares contribuyen a la salud de los suelos y mantienen una estrecha relación con las comunidades biológicas que los sustentan. Pero quizás su mayor valor sea cultural: representan generaciones de trabajo, conocimiento transmitido de padres a hijos y una forma de entender el vino profundamente ligada al territorio.


Uno de los secretos detrás de la calidad de estos vinos está en sus bajos rendimientos. Mientras un viñedo joven puede producir entre 7.000 y 12.000 kilos por hectárea, las plantas antiguas encuentran naturalmente un equilibrio que limita la producción y favorece una mayor concentración, complejidad y profundidad.


“Buscamos madureces más tempranas, alcoholes moderados, frescura y taninos más interesantes. Queremos que el viñedo hable por sí mismo”, resume Rearte.


La preservación de estas viñas históricas también plantea desafíos económicos. Mantenerlas requiere mayores costos, más trabajo y una dedicación especial. Sin embargo, las grandes etiquetas cumplen un papel fundamental en su defensa. Son los vinos emblemáticos los que permiten que el consumidor reconozca el valor excepcional de estos viñedos antiguos y comprenda que detrás de cada botella existe un patrimonio irrepetible.


En ese sentido, las marcas terminan siendo mucho más que una herramienta comercial: son la forma en que el mercado reconoce y protege estos viñedos. Cuando una etiqueta logra transmitir la singularidad de un lugar y el consumidor la valora, se genera el incentivo necesario para preservar esas plantas centenarias para las próximas generaciones. La mejor defensa de una viña vieja suele estar en el prestigio y el reconocimiento de los vinos que nacen de ella.


Si hay un concepto que atraviesa toda la conversación es la coherencia. En una industria donde las modas cambian constantemente, Achával-Ferrer eligió mantenerse fiel a una visión. “Si hay algo de lo que me siento orgulloso es de la coherencia. Hace 28 años que el estilo se mantiene muy parecido. No buscamos seguir tendencias; buscamos expresar el viñedo de la mejor manera posible”.


Las experiencias internacionales de Rearte en Napa Valley y Nueva Zelanda aportaron herramientas, pero no modificaron la esencia. Del exterior incorporó orden, precisión y una obsesión por la trazabilidad que hoy forman parte de cada decisión dentro de la bodega. Al analizar el presente del vino argentino, el enólogo reconoce una preocupación creciente: la demonización de las bebidas alcohólicas. Sin embargo, prefiere enfocarse en aquello que considera irremplazable.


“El vino siempre estuvo en la mesa de los argentinos. Es parte de nuestra cultura, de nuestros encuentros y de nuestros asados. Tenemos que seguir defendiendo ese rol como bebida de disfrute y de compartir”.


La entrevista termina lejos de las etiquetas icónicas y de los grandes vinos de colección. Esa noche Rearte no abrirá una botella histórica de Achával-Ferrer. Eligió, en cambio, un pequeño experimento elaborado por los pasantes del equipo: un vino de Ugni Blanc pensado simplemente para disfrutar.


Quizás allí radique el verdadero valor de las joyas de Achával-Ferrer. No solo en la excelencia de sus vinos ni en el prestigio internacional alcanzado por la bodega, sino en la capacidad de preservar viñedos centenarios que forman parte de la memoria vitivinícola argentina. En un mundo obsesionado con la novedad, estas viejas plantas siguen demostrando que la identidad, la experiencia y la paciencia también pueden ser una forma de innovación.

Por Marcelo Chocarro

Etiquetas: Achaval FerrerBodegaGustavo Reartenapa valleynueva zelandaviñedoVino

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