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¿Por qué seguimos comprando vino?

radio Por radio
12 julio, 2026
En Comer y Beber
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¿Por qué seguimos comprando vino?
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Hace poco más de cincuenta años, cada argentino consumía alrededor de 90 litros de vino por año. En 2025, esa cifra cayó a 15,77 litros per cápita, el registro más bajo desde que existen estadísticas. La caída no es un fenómeno exclusivamente argentino: también se observa en los principales países productores del mundo, donde el vino enfrenta un cambio profundo en los hábitos de consumo.

La inflación, la pérdida del poder adquisitivo, los cambios en los hábitos de las nuevas generaciones, la competencia con otras bebidas y una creciente preocupación por la salud y el consumo responsable del alcohol obligan a cada botella a justificar su lugar en la mesa.

En ese contexto aparece una pregunta interesante: si el vino no es una necesidad básica, ¿por qué seguimos comprándolo?

No hay dudas de que la verdadera fuerza que nos lleva a elegir una botella de vino es la emoción. Seguimos siendo seres que sienten, que buscan experiencias capaces de conmovernos y de construir recuerdos. Hay momentos que terminan mucho después del último sorbo: una sobremesa que se estira, una conversación que hacía falta, un reencuentro familiar, un brindis silencioso o una celebración compartida. Uno se va con el corazón lleno cuando logra conectar con las personas y con el instante vivido. Y, casi sin pensarlo, siempre aparece el mismo deseo: que ese momento vuelva a repetirse.

Quizás ahí esté una de las claves para entender al vino, especialmente en un momento en el que todo invita a consumir menos y a pensar dos veces cada compra.

Rara vez elegimos una botella únicamente por su precio. Detrás de esa decisión suele haber algo mucho más profundo. El vino representa una cena esperada, el placer de compartir una buena conversación, el recuerdo de un viaje, la curiosidad por descubrir un nuevo productor o, simplemente, el gusto de regalarse un pequeño momento después de una semana intensa. Al final, el vino termina siendo mucho más que el líquido que contiene una botella.

No resuelve los problemas económicos, ni pretende hacerlo. Tampoco puede ni debe desentenderse del debate sobre la salud. Hoy nadie discute la importancia del consumo responsable y, probablemente, esa sea una de las transformaciones más relevantes de esta época. El desafío ya no pasa por beber más, sino por beber mejor: con moderación, con información y valorando la calidad por encima de la cantidad.

En economía conductual existe un concepto conocido como «retorno emocional». Es el beneficio que obtenemos de aquellas cosas que enriquecen nuestra vida aunque no produzcan una ganancia económica. Un libro, una obra de arte, un concierto o una botella de un vino especial difícilmente puedan medirse únicamente por lo que cuestan. Su verdadero valor está en la experiencia que generan y en los recuerdos que dejan.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que una de las grandes pérdidas de nuestra época es la desaparición de los rituales. Vivimos cada vez más rápido, más conectados y, paradójicamente, con menos momentos de verdadera presencia. Quizás el vino siga ocupando un lugar especial porque conserva algo que escasea: el ritual de reunirse alrededor de una mesa. Elegir una botella, descorcharla, servirla, brindar y dejar que la conversación encuentre su ritmo son gestos sencillos, pero profundamente humanos. No se trata solamente de beber vino; se trata de compartir tiempo.

Quizás por eso, incluso en épocas de ajuste, el vino no desaparece. Lo que cambia es la manera de consumirlo. Se elige con mayor cuidado, se abren menos botellas, pero cada una tiene un motivo más claro para ser descorchada. Las crisis, de algún modo, nos obligan a preguntarnos qué vale realmente la pena.

Y esa tampoco es una mala noticia para el vino.

Porque el vino nunca fue solamente una bebida. Desde hace miles de años acompaña encuentros, celebraciones, reconciliaciones y despedidas. Forma parte de la cultura mucho antes de convertirse en una industria.

Tal vez el verdadero desafío para las bodegas ya no sea únicamente ofrecer mejores precios o lanzar nuevas etiquetas. También consiste en construir historias que merezcan ser compartidas y en generar un impacto positivo allí donde nacen sus vinos.

Algunas ya lo están haciendo. En Argentina, El Bayeh recuperó antiguos viñedos familiares de Maimará, Purmamarca y Tilcara, comprando las uvas de pequeños productores cuyos parrales estaban a punto de desaparecer. Etiquetas como Pequeños Parceleros no sólo rescatan variedades y paisajes, sino también la identidad y el sustento de esas familias. En Chile, Viña Montes demuestra que la sustentabilidad también pasa por las personas, combinando el cuidado del ambiente con programas destinados a mejorar la calidad de vida y el desarrollo de sus trabajadores. Son proyectos diferentes, pero unidos por una misma idea: un gran vino también puede dejar una huella en la comunidad que lo produce.

Una tradición donde la vida animal hace parte del proceso de la creación del vino
Don Egidio Sajama, uno de los pequeños parceleros que abastecen a la bodega El Bayeh

En un mundo donde cada gasto se analiza con más cuidado y donde la salud ocupa un lugar cada vez más importante, el vino conserva algo que muy pocas categorías pueden ofrecer: la capacidad de transformar un momento cotidiano en un recuerdo, y una botella en una historia.

Y mientras siga siendo capaz de contar esas historias, probablemente siga teniendo un lugar en nuestra mesa.

Por Marcelo Chocarro

Etiquetas: BodegaEl Bayehviñasvinos

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