El vino uruguayo atraviesa un momento de gran dinamismo y una de las variedades que mejor refleja ese impulso es el Albariño. Tradicionalmente asociado a Galicia, en España, este varietal encontró en la costa uruguaya un territorio inesperado donde expresa un perfil vibrante, fresco y de gran precisión.
Durante el último verano, miles de argentinos que cruzaron el Río de la Plata o pasaron sus vacaciones en la costa uruguaya tuvieron la oportunidad de descubrirlo. En restaurantes, bodegas y wine bars de lugares como Punta del Este, José Ignacio o La Barra, el Albariño se convirtió en uno de los blancos más pedidos. Para muchos fue una sorpresa: vinos de notable frescura, gran intensidad aromática y un estilo claramente internacional.
El desarrollo de la variedad en Uruguay comenzó hace algunos años con una apuesta pionera de Bouza Bodega Boutique, que fue una de las primeras bodegas en plantar Albariño en el país, en sus viñedos de Las Violetas. El resultado confirmó que la variedad podía adaptarse muy bien al clima atlántico uruguayo, dando vinos frescos, aromáticos y de gran elegancia.

A partir de allí otras bodegas comenzaron a apostar por esta uva, especialmente en las zonas cercanas al mar. Hoy el Albariño se produce con gran éxito en regiones como Maldonado, donde la influencia del Atlántico aporta frescura natural y una madurez muy equilibrada.

Entre los proyectos que más llaman la atención se encuentra Bodega Cerro del Toro, una pequeña bodega ubicada cerca de Piriápolis, que pertenece a un matrimonio japonés. Su Albariño se ha convertido en una de las sorpresas más comentadas entre los aficionados y profesionales del vino que visitan la zona. Con un estilo preciso, mineral y muy expresivo, demuestra hasta qué punto la variedad puede alcanzar niveles internacionales en el terroir uruguayo.

“Pero si hay un hecho que marcó un antes y un después en la vitivinicultura uruguaya fue el desembarco del empresario Alejandro Bulgheroni con el desarrollo de Bodega Garzón. Como suele decirse en el mundo del vino, ninguna región emergente prospera sin un gran impacto. En Uruguay, ese catalizador fue Garzón. Para llevar adelante el proyecto, Bulgheroni convocó al reconocido enólogo italiano Alberto Antonini, quien diseñó una viticultura de precisión respetando al máximo el paisaje natural. “Desarrollamos los viñedos sin alterar el entorno”, explicó Antonini. “Mantuvimos todas las laderas tal como las diseñó la naturaleza”. El resultado fue un viñedo de alrededor de 200 hectáreas dividido en más de mil pequeñas parcelas, muchas de ellas de menos de una hectárea, lo que permitió trabajar cada microterroir de forma individual.” Matthew J. Kaner, sommelier y consultor que reside en Los Angeles.

La llegada de Garzón no solo elevó la visibilidad internacional del vino uruguayo, sino que también impulsó nuevas inversiones y puso a Maldonado en el mapa mundial del vino.
El impulso de la variedad también fue acompañado por una estrategia de promoción poco habitual. Uruguay lanzó una campaña nacional en supermercados y vinotecas con descuentos cercanos al 20% en los Albariños, no como una acción comercial para liquidar stock, sino como una herramienta para que el consumidor se anime a probar la variedad y pueda conocerla mejor. La iniciativa buscó instalar al Albariño como el gran blanco del país y facilitar su llegada a nuevas mesas.

El resultado general es claro: Uruguay, históricamente identificado con el Tannat, comienza a consolidar también un gran blanco propio. El Albariño, con su frescura, perfil atlántico y gran versatilidad gastronómica, aparece hoy como una de las variedades con mayor proyección internacional para el país.
Para quienes lo descubrieron este verano, la conclusión fue inmediata: Uruguay no solo elabora Tannat. También está produciendo blancos capaces de competir en las mejores mesas del mundo.
Por Marcelo Chocarro



