En un mundo dominado por alimentos cada vez más estandarizados, intervenidos, aromatizados y diseñados para “parecer naturales”, la industria alimentaria avanza hacia productos que se alejan de la tierra y se acercan al laboratorio. Edulcorantes sintéticos, saborizantes artificiales, ultraprocesados que imitan lo que ya no son. Bebidas con fórmulas secretas —como las colas— cuyo impacto real en la salud sigue generando dudas y polémicas.
En ese contexto, el vino se mantiene como un rara avis.
Sigue siendo el mismo producto agrícola que hace miles de años: uvas, viñedos, fermentación. Nada más. Para obtener un litro de vino hacen falta 1.400 gramos de uva. No hay tutía. No hay atajos. No hay “fórmulas”.

A esto se suma un nuevo paradigma que avanza de manera silenciosa pero consistente: la vitivinicultura regenerativa, un modelo que busca no solo producir vino, sino devolverle salud al suelo, restaurar biodiversidad y mitigar los efectos del cambio climático. Mientras muchas industrias profundizan su dependencia de aditivos y procesos industriales, el vino discute cómo volver aún más natural, más vivo, más sustentable.
Y, aun así, se lo acusa de “anticuado”, de quedarse en el tiempo, de no modernizar su comunicación. Todo mientras compite con categorías donde la intervención industrial es parte esencial del producto. Cerveza o gin, por ejemplo, que hoy representan un verdadero desafío para las autoridades sanitarias: miles de cocinas clandestinas, destilerías no declaradas, elaboraciones irregulares y un volumen que se multiplica sin control. Productos que se pueden fabricar todo el año, sin depender de la meteorología ni de una cosecha.
El vino, en cambio, pierde incluso contra la naturaleza misma.
Granizo —como el ocurrido el último fin de semana de septiembre que afectó a la zona de San Carlos, en el Valle de Uco— y heladas tardías —como las de 2022 en Mendoza, las más fuertes en casi 30 años— definieron campañas complejas y derivaron en una caída histórica de la producción. Cada botella es el resultado de un ciclo agrícola vulnerable, irrepetible y limitado. No se puede copiar ni reproducir infinitamente.

Y aun así, algunos insisten en poner todas las bebidas alcohólicas en la misma bolsa. Comparar una bebida de 12,5°, que es literalmente agricultura líquida, con otra de 40° o con una cerveza de 4° —altamente industrializada y de elaboración ilimitada— es desconocer la esencia de lo que se está comparando.
Porque el vino no es solo alcohol.
Es territorio, agricultura, riesgo, clima, trabajo manual, tiempo.Y es, quizás, el último alimento real que resiste en un mundo cada vez más artificial.
Por equipo de Saber Salir

