Dicen que el Malbec es el gran emblema argentino. Pero ¿cuánto de lo que creemos sobre él es realmente cierto? ¿Cuánto hay de etiqueta, de precio, de relato? En Casa Gamboa, una cata a ciegas puso esas certezas en jaque… y dejó al descubierto una verdad incómoda.
Anticipando el Día Mundial del Malbec, la bodega —con el viñedo como telón de fondo— fue escenario de una experiencia distinta. El Malbec dejó de ser solo un varietal para transformarse en algo vivo. Una noche donde el vino no solo se degustó: se pensó, se discutió, se sintió… y se puso a prueba.

El formato fue tan simple como desafiante: una cata a ciegas por parejas. Veinticinco duplas se enfrentaron en tres rondas intensas, afinando el paladar y empujando al límite la memoria, la intuición y el conocimiento.
En cada ronda, el desafío tenía una clave: entre distintos varietales, había un Malbec que descubrir. Malbecs de Salta, Mendoza, San Juan, La Rioja, Patagonia y Buenos Aires aparecían entreverados con otras cepas, desordenando certezas y obligando a confiar —únicamente— en los sentidos.

Durante años, el Malbec fue el gran motor del vino argentino. Pero ese mismo éxito también tuvo un costo: su sobreexposición. Muchos productores, en la búsqueda de volumen y mercado, abusaron de su uso, repitiendo estilos y simplificando su identidad. La cata dejó algo en evidencia: cuando se quitan las etiquetas, no todos los Malbec son lo que prometen.

Y ahí apareció la gran revelación.
Sin etiqueta, sin precio, sin relato previo, muchos vinos sorprendieron. Algunos descolocaron. Otros rompieron prejuicios. Porque cuando desaparece la marca, también se caen muchas de las ideas que creemos tener sobre el vino. El Malbec, en ese contexto, mostró su verdadera dimensión: un varietal diverso, cambiante, imposible de encasillar en una sola identidad.


Hubo tensión, risas, silencios concentrados y miradas cómplices. Hubo dudas, aciertos y errores. Pero, sobre todo, hubo aprendizaje. Porque el vino, cuando se lo escucha de verdad, siempre tiene algo nuevo para decir.
El momento culminante llegó con la consagración del dúo ganador: Mecha y Gaby. Pero más que un premio, lo que se llevaron fue una experiencia transformadora. A partir de ahora comenzarán a “jugar” a ser winemakers —y jugar en serio—, formando parte activa del proceso junto al equipo enológico de Gamboa, liderado por Sebastián Bisole y Gerardo Pereyra. El desafío: crear un vino de alta gama, explorando crianzas en huevos de concreto y barricas, tomando decisiones reales y dejando su propia huella en cada etapa.

Lo que ocurrió en Casa Gamboa no fue solo un evento. Fue una declaración. Una forma distinta de vincularse con el vino: más honesta, más directa, más sensorial. Menos discurso, más verdad.
Esta primera edición funcionó como el punto de partida de algo mucho más ambicioso: una gran cata mundial, también a ciegas y por parejas, que buscará cruzar fronteras, conectar culturas y seguir impulsando el vino argentino desde un lugar contemporáneo.


Porque si algo dejó claro esta experiencia es que, a veces, para entender realmente un vino, primero hay que dejar de mirar la etiqueta
Por Marcelo Chocarro



