En un mundo donde el vino evoca tradición, estas bodegas están escribiendo el futuro. Desde Portugal y Chile, dos referentes vitivinícolas emergen como pioneros en una transformación radical: “Eliminar el plástico de todo el proceso productivo, desde la viña hasta la góndola.”
En Portugal, la innovadora DFJ Vinhos, con sede en Lisboa y operaciones en las quintas Fonte Bela y Porto Franco, ha logrado lo que muchos consideraban imposible: reemplazar todos los componentes plásticos por materiales reciclables, reciclados o compostables. “Nuestro compromiso es claro: cero residuos, casi cero plástico, máxima calidad”, afirman desde la bodega, que ya trabaja con botellas ultra livianas, etiquetas biodegradables y embalajes sin un solo gramo de polietileno.



En el Cono Sur, mientras tanto, Chile da señales firmes. Si bien aún no existe una bodega completamente libre de plástico, nombres como Viña Emiliana o De Martino se destacan por su transición ecológica. Cultivos orgánicos, tinajas de arcilla, energía solar y gestión circular de residuos convierten sus vinos en referentes globales de sustentabilidad. “Estamos continuamente trabajando en nuevos desafíos para proteger la naturaleza, mitigar el cambio climático y promover el desarrollo y bienestar humano”, señalan desde Emiliana.


Estos casos abren una pregunta urgente: ¿puede el vino ser no solo expresión de un terroir, sino también de una ética ambiental? Mientras el packaging sostenible gana terreno, el plástico —invisible, persistente, omnipresente— se convierte en el nuevo “enemigo silencioso” del sector.
Las bodegas que se animan a desafiar ese status quo no solo marcan tendencia. Están demostrando que, incluso en la tradición más arraigada, hay lugar para la revolución.

Marcelo Chocarro



