En Mendoza, la cuna del vino argentino, los paisajes también cuentan historias de resistencia.
Entre hileras centenarias de Malbec y calles recién asfaltadas, se libra una silenciosa disputa entre el progreso urbano y la preservación de un patrimonio que lleva más de un siglo bajo el sol cuyano.
Viñas con memoria
En Luján de Cuyo y Maipú sobreviven algunos de los viñedos más antiguos de la Argentina. Son cepas principalmente de Malbec y Semillón plantadas entre 1900 y 1930, que todavía hoy ofrecen uvas de una calidad que ningún clon moderno ha logrado replicar.
En Las Compuertas, Vistalba y Mayor Drummond, bodegas familiares como Familia Cassone sostienen fincas con raíces profundas; plantas que han resistido heladas, sequías, crisis económicas y modernizaciones sucesivas.
En Maipú, bodegas históricas como La Rural aún conservan espalderas centenarias, testigos del nacimiento de la vitivinicultura moderna en el país.
Son viñas que no solo producen vinos: producen memoria.

Los que resistieron… y los que no
En Chacras de Coria, la familia Ubriaco cuidó su pequeña finca de Malbec durante tres generaciones. Las heladas, los impuestos y la inflación nunca la pusieron en jaque. Pero el avance del cemento sí.
Hoy, donde antes se extendían hileras viejas de vid, hay dúplex y carteles de “barrio cerrado”.
“De un día para el otro, el paisaje se nubló: aparecieron máquinas arrasando con las hileras de Malbec”, recuerdan los vecinos de Las Compuertas.
Los números confirman que la historia se repite. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), entre 2010 y 2022 Mendoza perdió más de 6.800 hectáreas de viñedos, de las cuales 2.500 corresponden a Maipú.
Muchas de esas hectáreas se transformaron en urbanizaciones.

La primera gran pérdida: la erradicación del Malbec antiguo
La amenaza, sin embargo, no empezó con los barrios privados.
En los años ochenta, la vitivinicultura argentina atravesó una reconversión forzada que llevó a arrancar miles de hectáreas de Malbec centenario. Se buscaba reemplazarlo por uvas más productivas o variedades de mesa.
“Arrancábamos historia para plantar futuro”, recuerda un técnico de la época.
Entre 1980 y 1990, se estima que desaparecieron más de 17.000 hectáreas de viñedos, muchas de ellas con material genético irrecuperable.
Recién en los años noventa, cuando el Malbec volvió a ponerse en valor, se comprendió la magnitud de lo que se había perdido.
El caso Vistalba: vivir entre viñedos… o vivir sobre ellos
Uno de los ejemplos más visibles de la tensión entre la viña y el ladrillo es Vistalba Reserve, un desarrollo inmobiliario impulsado por la familia Pulenta sobre parte del predio donde funciona Bodega Vistalba.
El proyecto abarca 57 hectáreas, con 240 lotes residenciales, club house y sectores de viñedo rodeando las viviendas. La propuesta se vende como “vivir entre viñedos”, pero para muchos productores locales es una señal de alarma: en algunos sectores, las hileras de Malbec ceden espacio a calles internas y amenities.
“Cada hectárea que se pierde es un pedazo de historia que se va”, advierten los enólogos de la zona.
Soledad, vecina de Vistalba y Las Compuertas, lo resume sin eufemismos:
“Realmente da mucha pena e impotencia ver que una tierra cuidada por tantos años termina convertida en un negocio inmobiliario.”
Guardianes del tiempo
En medio de este escenario, algunas bodegas encarnan la resistencia.
Entre ellas, Bodega Benegas se destaca como un símbolo de permanencia. Sus viñedos de Cabernet Franc de más de 120 años, junto con cepas de Cabernet Sauvignon y Sangiovese de 80, Malbec y Merlot de 60 y Syrah de 40, son un museo vivo de la vitivinicultura argentina.
Además, mantiene un tesoro único: los viñedos de Cabernet Franc plantados por Don Tiburcio Benegas son pre-filoxera, un linaje rarísimo incluso a nivel mundial.

También sostienen este legado:
- Nieto Senetiner, fundada en 1888, que convirtió sus viñas viejas en emblema.
- Familia Cassone, en Mayor Drummond, con su línea Obra Prima como homenaje al terroir original.
- Durigutti Family Winemakers, en Las Compuertas, rescatando viñas de Malbec 1914 para su línea Proyecto Las Compuertas.
- En Vistalba, Carlos Pulenta impulsa prácticas de agricultura regenerativa en parcelas históricas.
Patrimonio o postal
El debate excede la economía: es cultural, ambiental y hasta identitario.
¿Queremos que Mendoza siga siendo tierra de viñas o una postal de barrios con vista a los viñedos?
Es aquí donde aparece una de las voces más activas en la defensa del patrimonio vitícola mendocino. El joven enólogo Lucas Niven, impulsor de la Asociación de Productores de Variedades Patrimoniales y Ancestrales, advierte con claridad:
“Debemos declarar a algunos viñedos como patrimoniales, para que se terminen de erradicar variedades centenarias de Mendoza.”
Niven y su asociación impulsan la protección formal de viñedos históricos, tal como ocurre en regiones como el Duero, el Bierzo o el Ródano, donde las viñas antiguas no solo producen vino: producen identidad y futuro.
Expertos y productores mendocinos proponen medidas concretas:
- Declarar viñedos patrimoniales, con protección legal.
- Delimitar zonas de protección vitícola, que limiten el uso urbano del suelo.
- Incentivar fiscalmente a quienes preservan este patrimonio.
- Crear programas educativos y de difusión que valoren el trabajo generacional detrás de cada cepa antigua.
En la reciente Old Vine Conference de Sonoma, se escuchó una frase que hoy resuena con más fuerza que nunca:
“Las viñas antiguas no son reliquias del pasado, sino herramientas del futuro.”

El valor de lo que perdura
Mientras el ladrillo avanza, algunos productores siguen creyendo que la verdadera modernidad está en la memoria. Que un tronco viejo de Malbec guarda mucho más que uvas: conserva ADN provincial, trabajo silencioso, paciencia de generaciones y la belleza del tiempo transformado en vino.
Como suele decirse en la zona:
“Un viñedo viejo es como un árbol genealógico: si lo cortás, te quedás sin historia.”
Por Marcelo Chocarro



