En Mendoza, donde el vino suele ser protagonista, hay momentos en los que el arte logra correrse del rol decorativo para convertirse en experiencia. Eso es lo que sucede hoy en Club Tapiz, donde la artista española Pamen Pereira despliega una muestra que no solo ocupa el espacio: lo interpreta, lo transforma y lo tensiona.

La exposición —bajo el título No hay orilla— podrá visitarse hasta el 24 de junio y nace, según la propia artista, de un encuentro casi intuitivo con el lugar. “Lo que encontré fue este espacio, que me motivó profundamente a la hora de trabajar”, cuenta. Ese vínculo no es superficial: es el punto de partida de toda la obra. Mendoza no aparece como escenario, sino como materia prima. Las piedras, las raíces, la geografía y, sobre todo, la presencia imponente de la cordillera atraviesan cada pieza.

Pero detrás de esa poética hay también un proceso intenso. Tres meses de trabajo para “domar a la bestia”, como define Pereira al desafío de intervenir un espacio tan singular como el de la galería: un hipogeo que funciona como laberinto y, al mismo tiempo, como un tesoro oculto. Un lugar cargado de misterio, donde la obra no se limita a habitar, sino que entra en tensión directa con la arquitectura. En ese recorrido, la artista trabajó junto a su equipo, construyendo una puesta que exige tanto al espacio como al espectador.
En ese sentido, la muestra funciona como una traducción sensible del territorio. Las montañas se vuelven formas suspendidas, las raíces se transforman en estructuras, y el paisaje deja de ser fondo para convertirse en lenguaje.

A ese diálogo con Mendoza se suma otro elemento clave: el vino.
Aunque Pereira reconoce que nunca había trabajado con él, el contexto de bodega le abrió una dimensión inesperada. “Es fascinante ocupar esos espacios, las piletas donde se almacena el vino, esa profundidad…”, explica. No se trata de ilustrar el vino, sino de habitar su universo: intervenir esos espacios cargados de tiempo, espera y transformación.
La tercera capa —y quizás la más profunda— es la influencia de Jorge Luis Borges. No como cita, sino como resonancia. El Aleph, El inmortal o La escritura de Dios funcionan como hilo conductor de una obra que se pregunta por el tiempo circular, la eternidad y la simultaneidad del instante. “Son temas que siempre están en mi obra”, afirma.



El resultado es una puesta que trabaja sobre la tensión de los opuestos. Obras contundentes y a la vez sutiles. Materia pesada que parece liviana. Piedras que flotan como si la gravedad fuera opcional. Hilos que se ordenan como una partitura, evocando instrumentos como un arpa o un contrabajo. Todo convive en un equilibrio inestable que no busca resolverse, sino mantenerse en movimiento.
Esa dualidad también aparece en la disposición espacial: de un lado, estructuras que remiten a la cordillera; del otro, elementos mínimos, casi frágiles, como huesos o restos. Lo concreto y lo etéreo, en permanente diálogo.
Nada de esto fue completamente planificado. La llegada de Pereira a Mendoza tuvo algo de casualidad, impulsada por vínculos personales y la gestión del proyecto junto al Cónsul Gral. de España en Mendoza, D. Ramón Blecua Casas y su conexión con Patricia Ortiz, propietaria de la bodega anfitriona. Pero una vez iniciado el proceso, la obra encontró su propio rumbo.



Y aunque esta muestra está profundamente atravesada por Mendoza, por el vino y por Borges, ese hilo no se agota acá. “Es algo que siempre está en mi obra”, reconoce la artista.
La inauguración —realizada el jueves 23 de abril— marca el inicio de una experiencia que no propone respuestas, sino un recorrido. Sin orillas claras. Sin límites definidos.

Quizás por eso, la invitación final no pasa por entender la muestra, sino por atravesarla. Porque en ese cruce entre arte, vino y pensamiento aparece algo que Mendoza no siempre muestra, pero que cuando sucede, deja marca: el arte como experiencia total.
Por Marcelo Chocarro



